Ricardo Olivera miró a Sebastián Fonseca y soltó:
—Sin mencionar a André Carvalho, hablemos de Jorge Olivares. Ese tipo es una pinche víbora, un traicionero. Estoy seguro de que hará todo lo posible para ponerle el pie a la señorita Ibáñez y no dejará de hablar pestes del señor Fonseca a sus espaldas.
Joseph sabía que la preocupación de Ricardo no era infundada.
Jorge era realmente siniestro; incluso Sebastián había caído en sus trampas y casi muere en aquel incendio.
Sabrina Ibáñez sentía gratitud hacia Jorge, así que no sería raro que creyera sus mentiras.
Sin embargo, la expresión de Sebastián no cambió en lo más mínimo.
Su voz sonó tranquila:
—Sabrina no lo hará. Ella sabe distinguir lo importante de lo urgente.
Ricardo seguía muy preocupado.
—Pero…
Joseph lo jaló del brazo.
—Si el señor Fonseca dice que no, es que no. Ya vámonos, Ricardo, deja que el señor descanse un rato más.
Ricardo quiso replicar, pero al final se calló y salió con Joseph.
Al llegar a la puerta, Ricardo reclamó:


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