Vanesa permaneció callada, sin responder ni una sola palabra.
Dan soltó un suspiro ahogado y, con una voz cargada de dolor, preguntó:
—Olvidé todo sobre ti, por eso hice tantas cosas que te lastimaron. ¿Qué se supone que debo hacer ahora?
Su mirada se tornó aún más triste, y repitió una y otra vez, con la desesperación asomando en cada sílaba:
—Sobre todo después de perderte, ¿qué hago ahora? Dímelo, ¿qué hago? Vane, ya no sé qué hacer con mi vida.
Las palabras de Dan, cada vez más ahogadas, dejaban escapar el peso de la angustia acumulada. Dolía escucharlo, dolía verlo así, tan roto.
Había perdido todo.
Sentía en el fondo que Vanesa llevaba en su vientre al hijo de otro hombre, y esa idea lo destrozaba, lo dejaba sin aliento, como si una mano invisible le apretara el pecho.
Era un dolor profundo, de esos que se clavan y revientan por dentro.
La angustia le quemaba como si le desgarraran el corazón. Por más que intentaba respirar, el aire no le alcanzaba.
—Aun ahora, ni siquiera estoy seguro si ya recordé todo… No sé si sigo olvidando algo más, y no sé qué es, pero cuando lo intento recordar solo siento más vacío, más impotencia.
Había estado recuperando recuerdos estos días.
Y cada recuerdo nuevo era una estocada más.
En tan solo una semana, la avalancha de memorias que regresaron casi lo había dejado al borde del colapso.
Simplemente no podía aceptar la idea de que Vanesa estuviera con Yeray.
Ni mucho menos que tuvieran un hijo juntos.
—Vane…
Ella seguía en silencio.
—Dímelo, por favor, ¿qué se supone que debo hacer ahora?
El dolor quebraba su voz, llenando el aire con una mezcla de desesperación y tristeza.
Por primera vez, desde que Vanesa y Dan se reencontraron, ella pudo percibir ese tinte de desesperanza en su tono. Era una herida abierta, sangrante, que amenazaba con partirlo en dos.
Y Vanesa al fin entendió.
Después de que fingió su muerte, seguramente por efecto de aquellos medicamentos, Dan olvidó muchas cosas.
Con el tiempo, comenzó a recordar quién era, pero no todo lo que vivieron juntos.
Ahora, sin embargo, parecía que los recuerdos habían vuelto.
Pero, ¿de qué servía?
Vanesa entornó la mirada, y su voz salió firme, sin temblar:
—Solo queda soltar.


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