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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1175

En ese instante, Dan Ward sintió que todo el cuerpo se le quedaba sin fuerzas.

Especialmente cuando cruzó la mirada con los ojos indiferentes de Vanesa Allende, hasta el aire le faltó. Cada respiro era una lucha.

—Vane...

Vanesa ni titubeó.

—Da la vuelta.

De un empujón apartó a Dan y cerró la puerta del carro con un golpe que resonó —¡pum!— en el silencio de la calle.

El chofer asintió.

—Sí, señora.

El paso hacia adelante ya estaba bloqueado por el carro de Dan, pero podían dar la vuelta y tomar otra ruta para regresar.

En cuanto el motor arrancó, Dan reaccionó por instinto, estirando la mano hacia Vanesa, como si al tocarla pudiera detener el dolor que le trituraba el pecho.

—Vane...

Pero la ventanilla ya estaba arriba, aislando todo. La última imagen que quedó grabada en su mente fue el perfil de Vanesa, tan distante, tan ajena, que parecía una completa desconocida.

Se veía como si nunca hubiera sentido nada por él. Como si jamás lo hubiera amado.

Vanesa se fue.

Dan se quedó parado en el mismo sitio, sintiendo que la sangre se le congelaba. Su cuerpo entero temblaba, como si por dentro corriera hielo en vez de sangre.

Carol bajó del carro y se acercó con pasos cautelosos. Se detuvo detrás de él.

—Jefe, el viejo llamó. Quiere que regrese a Littassili.

Dan cerró los ojos. Por su mente pasó la imagen de Patrick Ward, atorado estos días en una batalla campal con Alicia Torres.

¿Ahora que la pelea estaba en su punto más alto, quería su regreso? ¿Para qué lo necesitaba?

Pensó en cómo Patrick siempre había preferido a Delphine y a los tres hijos que tuvo con ella. Aunque ya todo se había aclarado, esa preferencia, ese sesgo arraigado, seguía ahí, tan profundo que hacía imposible confiar en él.

Así que justo en este momento tan tenso, Patrick quería que volviera. ¿Con qué propósito?

La respuesta apareció enseguida... Lo necesitaba como ficha en esta guerra absurda.

Dan suspiró hondo, con fastidio.

—¿Fue Clément, el mayordomo, quien llamó?

Carol asintió.

Pensó un momento, luego agregó:

—¿Y con la señorita Allende? ¿Ya decidiste qué vas a hacer?

Estos días, Carol había visto de cerca el tormento de Dan. Las pesadillas, los recuerdos fragmentados por las medicinas que lo hicieron fingir su muerte, todo lo había desgastado.

Cada pedazo que recuperaba de su memoria era como otra herida abierta. Y ahora, al escuchar la pregunta de Carol, la tristeza asomó en los ojos de Dan. Por un instante, su alma pesó todavía más.

...

Castillo de la familia Allende.

Isabel Allende llegó dormida, acurrucada en los brazos de Esteban Allende. Medio despierta, se acomodó en su pecho, buscando el sitio más cómodo antes de quedarse profundamente dormida.

Esteban bajó la vista, la miró murmurando entre sueños y sintió que el corazón se le derretía de ternura.

Esa noche, en el castillo, todo era fiesta.

El mayordomo se acercó, solemne.

—Señor, muchas felicidades por su boda.

Los empleados, al ver a Isabel dormida en los brazos de Esteban, susurraron felicitaciones y buenos deseos, cuidando no hacer ruido para no despertarla.

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