Cuando esas palabras salieron de su boca, el aire mismo pareció congelarse en la habitación.
Carlos Esparza clavó la mirada, con las pupilas contraídas, en Alicia Torres. Alicia habló sin titubear:
—No escuchaste mal. Lago Negro es la dote que le daré a Pauli.
—Señora, usted...
Alicia lo interrumpió, tranquila pero decidida:
—Sé que quieres dejarlo todo por Pauli. Pero dime, Carlos, si te retiras, ¿de verdad vas a poder protegerla completamente?
No hacía falta responder. La respuesta era evidente.
Todos sabían lo que había hecho Cristian Ward hace poco. Alicia no tenía ganas de refrescar ese trago amargo.
Aunque Paulina Torres había salido ilesa de aquella situación, ese episodio le había dejado claro a Carlos que no podía retirarse así nada más...
Carlos guardó silencio.
Las palabras de Alicia le calaron hondo, y aunque no lo dijo, coincidía con ella.
Después de que Cristian secuestró a Paulina, Carlos no dejó de pensar en que jamás podría permitirse bajar la guardia. Por eso, en estos días, no había parado ni un momento, moviendo sus piezas para construir una nueva red de poder. Una que, al irse de París, fuera su propio imperio.
Ya lo tenía claro...
Aprendió de Esteban Allende que solo quien ocupa la cima puede cuidar de los suyos de verdad.
—Pero Lago Negro...
Carlos dudó, sin terminar la frase. Al final de cuentas, Lago Negro era el botín que Alicia había conseguido recientemente, aunque ellos le habían echado una buena mano. Aun así, seguía siendo de Alicia. Ella había sido la jefa ahí, su posición era incuestionable.
Alicia rio levemente, con una mezcla de burla y resignación:
—¿Que yo lo conseguí? Más bien fui yo la que subestimó a esa chiquilla, Pauli.
—Si no hubiera sido por ella, ni tú ni la familia Allende me habrían dado el apoyo que necesitaba. No habría sido tan sencillo recuperarlo. Aunque no recuperé todo, la parte que tengo te la entrego. El resto, si quieres, tendrás que pelearlo tú. Eso ya depende de tu habilidad.
—Te lo confío porque ya te veo como un hijo más, Carlos. Así que prométeme que vas a cuidar a mi Pauli toda la vida.
—Si no puedes, entonces tampoco me costará nada quitarte Lago Negro de las manos.
Alicia habló despacio, con esa calma que da el temple de los años.
Pero en sus palabras había una fuerza nueva, un filo que no aceptaba titubeos.
Era la protección de una madre, el último consejo de alguien que había recorrido el mismo camino.
Justo cuando iba a añadir algo más, desde el pasillo se escuchó la voz de Rylan Mancera:
[Ya pasaron cinco minutos. Nos tenemos que ir.]
En los últimos días, había notado que los antojos y náuseas de Carlos estaban sincronizados con los suyos, así que no se atrevía a pedir comida muy condimentada. Pero de veras, se moría de ganas de comer pescado.
El que tenía las náuseas era Carlos, pero la que se aguantaba el hambre era ella.
—Entonces comamos pescado —respondió Carlos.
—Pero te va a dar asco...
—No importa, me aguanto.
Paulina lo miró, sin creerlo del todo. ¿De verdad podía aguantarse?
Sin esperar respuesta, Carlos tomó el teléfono y llamó a Eric para que fuera a buscar pescado y lo preparara a la parrilla.
Eric y Julien estaban de guardia, haciendo compañía a Paulina mientras Carlos estaba fuera.
Eric, medio dormido, atendió la llamada. Apenas escuchó lo que Carlos le pedía, pensó que había entendido mal:
—¿Qué dijiste, hermano? ¿Pescado?
—Ve por pescado y prepáralo a la parrilla —dijo Carlos, sin darle oportunidad de negarse.
—¿Ahorita? —preguntó Eric, mirando la ventana, donde la noche era tan densa como una cortina negra. ¿No estaría bromeando?

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