Entrar Via

La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1320

La verdad, si me preguntaban si Paulina sabía cocinar, la respuesta era que apenas y podía preparar un poco de avena.

Y eso, porque lo máximo que hacía era hervirla.

Al final, ella también terminaba desayunando lo mismo.

La noche anterior, se habían comido el pescado que Eric y Julien habían pescado a toda prisa, pero Carlos terminó vomitándolo.

Por eso, durante el día, Paulina ya ni se atrevía a comer cualquier cosa.

—No te molestes, mejor deja que Julien y Eric preparen algo más tarde —dijo Carlos.

Apenas terminó de hablar, Eric y Julien entraron desde afuera, luciendo unas ojeras enormes.

Traían cara de no haber dormido nada.

Paulina se quedó mirando, sorprendida.

¿Y estos dos? Parecían como si los hubieran agarrado a golpes…

—¿Por qué traen esa cara tan demacrada? —preguntó, sin poder ocultar su asombro.

—¿Que por qué? ¿No te acuerdas que nos mandaste a pescar a media noche? —le soltó Eric, refunfuñando.

Solo de recordar la odisea de la noche anterior, a Eric se le cerraban los ojos de cansancio.

En serio, sentía que podía quedarse dormido de pie del puro agotamiento.

Para acabarla, Carlos los puso a decorar el salón de la boda desde temprano, y no entendía qué le pasaba, porque quería que todo fuera hecho a mano.

Ya de plano, Eric sentía que se le acababa el aire de lo cansado que estaba.

Y ni siquiera les dejaban mencionarlo frente a Paulina.

Paulina miró a Carlos, que le regresó una mirada cortante a Eric:

—Lárgate.

—¿Puedo irme a dormir un rato, Carlos? —suplicó Eric.

—Anda, vete.

—Gracias, hermano.

Por fin iban a poder dormir a gusto, ojalá la señorita Paulina no se le ocurriera otra locura.

¿Quién se pone a comer pescado a esas horas?

Eric y Julien salieron casi arrastrando los pies.

Así que en la cocina solo quedaron Paulina y Carlos. Ella le hizo un pequeño puchero y lo empujó suavemente:

—¿De verdad los mandaste a pescar a media noche?

—Todos los supermercados estaban cerrados —respondió él, encogiéndose de hombros.

—Nunca había visto una reacción así —admitió Andrea—. He oído de hombres con náuseas por el embarazo de sus parejas, pero esto de que tú comas de más y él termine peor, es nuevo para mí.

—Ya le di todos los medicamentos que le podía recetar.

—¿Tampoco tienes una solución? ¿Entonces quién podrá ayudarnos? —le reclamó Paulina, sintiéndose impotente.

Ver a Carlos tan mal le partía el alma.

Y cuando le daba lástima, luego ni ganas le daban de comer.

Pero, de verdad, el hambre la estaba matando…

—¿Y si pruebas tú con los mismos medicamentos?

—¿Eh? Pero si yo no tengo náuseas, ¿para qué?

—Por lo que veo, parece que sus cuerpos están conectados, como si compartieran síntomas.

—¿Qué? ¿Cómo que conectados?

Para Paulina, eso no tenía sentido. Eran dos personas distintas, ¿cómo iban a estar conectados de esa manera?

—Los medicamentos que le receté a Carlos te pueden servir a ti también. Más tarde te mando la dosis exacta.

—¿En serio quieres que los tome?

—Inténtalo. Por ahora, no se me ocurre otra cosa que pueda funcionar.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera: Gambito de Diamantes