Al otro lado de la línea, Vanesa escuchó la orden de Esteban de rajarle la boca a alguien y no pudo evitar una mueca de tensión.
—Oye, hermano, ¿no crees que te estás pasando un poco?
—¿Cómo? —la voz de Esteban, cargada de una presión abrumadora, atravesó el teléfono.
Incluso Vanesa, su propia hermana, tragó saliva con dificultad.
—Pues, es que… le vas a desfigurar la cara. Ten cuidado, no vaya a ser que use eso como pretexto para pegársele a Isa de por vida.
Recordó el numerito que Yeray había montado para que la familia Allende le consiguiera una esposa como compensación.
Vanesa sintió que ya había sido suficiente.
Sin esperar a que Esteban respondiera, añadió:
—Además, un tipo como Guillaume, que es capaz de hacer algo tan descarado como fingir su propia muerte, ¿de verdad crees que no sería capaz de aferrarse a la familia Allende?
La familia Levasseur no era algo que los Allende temieran.
Pero, al fin y al cabo, era una de las grandes familias de París.
Si de verdad se convertían en enemigos, no sería bueno para nadie. Probablemente por eso Esteban no había ordenado matarlo directamente.
¡Pero la boca sí que se la quería romper!
—¿Tú crees que yo le daría la oportunidad de aferrarse a la familia Allende? —replicó Esteban.
Vanesa se quedó de una pieza.
«¿Que no le daría la oportunidad?».
—No me digas que de verdad estás pensando en matarlo.
Al pensar en esa posibilidad, Vanesa sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
No sería extraño, su hermano era perfectamente capaz de algo así.
Sobre todo, tratándose de un asunto relacionado con Isa…
—Sabes qué, déjame esto a mí. ¡Te aseguro que lo manejaré de una forma que te dejará satisfecho!
Al ver la actitud de Esteban, Vanesa supo que no podía dejar que él se encargara. Era mejor que lo hiciera ella.
Si lo dejaba en manos de Esteban…
¡La familia Allende se ganaría un enemigo muy poderoso!
Esteban soltó un bufido frío.
Vanesa colgó de inmediato y llamó a Lorenzo. Él contestó.
—Señorita.
—¡Lleva a mi hermano a casa ahora mismo! ¡Yo me encargo del asunto de Guillaume!
Lorenzo no dijo nada.
—¿Me oíste? —insistió Vanesa.
Su hermano ya de por sí perdía la cabeza cuando se trataba de Isa.
Y ella, como una tonta, ¡había mencionado las palabras “te amo”! ¿Acaso Esteban podía escuchar algo así?
¡Qué despistada había sido!


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