—Llegó gente de la familia Levasseur y se llevaron a Guillaume.
Yeray se quedó en silencio.
Al escuchar eso, Yeray miró a Vanesa, que estaba a su lado.
Ella se quedó atónita.
«¡¿Se lo llevaron?!».
Todavía no le había dado la lección que se merecía. Quería que Guillaume ni siquiera se atreviera a volver a la casa de los Allende.
¡Que hasta mirar en dirección a la mansión le diera escalofríos!
¿Y resulta que la gente de la familia Levasseur se enteró tan rápido y se lo llevaron?
Yeray colgó el teléfono.
Miró a Vanesa.
—Se lo llevaron.
—Mejor así, para que mi hermano no se arrepienta y vuelva a buscarlo para darle su merecido —dijo Vanesa.
Esteban había regresado a casa por Isa.
¿Pero qué pasaría si, al llegar, Isa decía algo que lo molestara y Esteban decidiera volver a ocuparse de Guillaume?
Si su hermano intervenía, ¡Guillaume terminaría muerto o lisiado!
Y en ese momento, la enemistad entre la familia Allende y la familia Levasseur quedaría sellada para siempre.
***
En la casa de la familia Allende.
Cuando Esteban regresó, encontró a Isabel hablando por teléfono con Paulina Torres.
Al parecer, Paulina estaba llorando al otro lado de la línea.
—Habla más con el bebé, dile que patee más suavecito —la consolaba Isabel.
—Patea muy fuerte, duele mucho.
—Pues regáñalo.
Cuando ella misma estaba embarazada de tres, era una cosa que se movieran tanto en su vientre.
¡Pero ahora Paulina solo esperaba un bebé!
¡Y pensar que también era tan inquieto!
—Carlos Esparza ya lo ha regañado muchas veces, pero no sirve de nada —se quejó Paulina.
Isabel no supo qué decir.
¡Vaya!
Ya le había dado todos los consejos de consuelo que se le ocurrían.
Y ahora Paulina le decía por teléfono que nada de eso funcionaba.
¿Cómo se suponía que la consolara?
—Entonces, ¿qué quieres hacer?
—¡Quiero que nazca ya!
—¿Pero todavía no te toca?
Paulina guardó silencio.

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