Dan parecía no escucharla en lo absoluto.
Sacó de un cajón un folder que ya tenía listo desde antes; en la pinza llevaba enganchada una pluma.
Así, sin más, se lo extendió a Vanesa.
Vanesa lo miró con una expresión impasible, casi cortante, y lanzó una mirada despectiva al título del documento.
Al leer las palabras “Acuerdo de divorcio”, Vanesa soltó una risa irónica.
—¿Qué, ahora me vas a salir con eso de firmar un papel antes del matrimonio? ¿Crees que voy a caer en esas cosas de gente de dinero?
En las altas esferas, los matrimonios por conveniencia seguían reglas así: ni siquiera te habías casado cuando ya ponían fecha para el divorcio.
—¿Y tú quién te crees? ¿Piensas que puedes jugar ese juego conmigo? —arremetió Vanesa, con la voz filosa.
¿Acaso le faltaba para comer o vestir? ¿Por qué demonios iba a rebajarse a ese tipo de tratos?
—Es el acuerdo de divorcio entre tú y Yeray —soltó Dan, con voz seca.
—¿¡Qué!? —los ojos de Vanesa se abrieron de par en par.
Al mirarlo, ya se le notaba la tormenta desatada en la mirada.
Dan observó cómo cambiaba su expresión, se sentó al borde de la cama y le acercó todavía más el documento.
—Primero te divorcias de él, ¿sí?
En este momento no importaba si se amaban o no.
Lo esencial era que él, como el jefe de Lago Negro, no podía permitir que lo vieran como el tercero en discordia.
Por eso, Vanesa debía divorciarse de Yeray.
Vanesa empezó a respirar agitada.
—Eres un cabrón.
Oír a Dan tomar decisiones por ella como si nada la hizo hervir de coraje; levantó la mano y fue directo a abofetearlo.
Pero esta vez, Dan le sujetó la muñeca con rapidez.
—No me importa quién fue la otra persona en Elfa Nocturna esa noche —declaró, con voz baja.
—¿No te importa? ¡¿Y todavía tienes el descaro de hacerte el santo aquí conmigo?! —le reviró Vanesa, enardecida.
Le soltó un manotazo con la otra mano.
Esta vez sí le pegó, un —¡Paf!— resonó en el aire.
Dan la miró, sus ojos se volvieron aún más oscuros, pero ni un atisbo de culpa.
Al contrario, parecía que hacía las cosas con total descaro delante de ella.
En medio de su furia, Dan la tomó de la cintura y la sentó en sus piernas.
—Tranquila, divórciate de él primero, ¿sí? —le susurró, en un tono suave, casi mimándola.
Vanesa se quedó muda.
¡Carajo!
¿Y este tipo qué se cree? ¿Tiene idea de lo que está diciendo?
Indignada, le soltó otra bofetada.
Como la anterior casi no le había dolido, Dan ni siquiera se inmutó esta vez.
Si eso la hacía sentir mejor, la dejaba.
Verlo ahí, sin moverse ni defenderse, con esa actitud de “haz lo que quieras”, solo la enfureció más.
Y ver que, a pesar de las cachetadas, su cara seguía intacta, la terminó de sacar de quicio.

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