—Cuando termines de divorciarte de él, haz lo que quieras, ¿sí? —dijo Dan.
—¿Quién quiere hacerte un escándalo? ¿Tú quién te crees que eres? —Vanesa lo miró con desprecio.
¿Todavía pregunta cómo piensa que voy a armar un escándalo?
A Vanesa le molestó ese comentario. Parecía como si ella fuera una esposa berrinchuda, y solo pensar en eso le revolvía el estómago.
—Bueno, bueno, lo que tú digas, no soy nadie. Firma de una vez.
No podía pasar tres frases sin volver al tema del divorcio y la firma.
Vanesa apretó los dientes, furiosa.
Ahora ni siquiera tenía fuerzas para golpearlo, y eso la desesperaba.
Antes, cada vez que se llenaba de rabia, simplemente le soltaba un golpe al causante y se le bajaba el coraje.
Pero ahora, ni eso podía hacer. La rabia no se le pasaba, al contrario, solo se acumulaba.
Tan enojada estaba, que terminó por morder a Dan...
...
Afuera, Celia ya se había trenzado en una pelea con los hombres de Dan.
Apenas habían pasado diez minutos desde que Vanesa entró, y ya varios guardias empezaron a salir por todo el castillo.
Claramente, Vanesa había caído en una trampa.
Celia, preocupada de que algo le pasara, primero avisó a su gente en la zona.
Pero aunque los llamó, no iban a llegar de inmediato. Desesperada, Celia agarró su arma y soltó una ráfaga al aire.
El caos se apoderó del castillo. Parecía una olla de presión a punto de explotar.
Carol, viendo que alguien armaba tanto alboroto y de paso lo hacía con todo el descaro del mundo, no dudó un segundo: fue directo a matar a Celia.
Justo cuando levantaba el arma, Dan bajó las escaleras.
—¿Señor? —preguntó Carol, sorprendido.
En la mejilla derecha de Dan se notaba una hinchazón. Carol, al verlo, pensó que Vanesa lo había golpeado.
Eso solo aumentó su enojo. Esa mujer, pensó, ni tantito se comporta como una dama.
Pensando que Dan había sido golpeado, Carol se enfureció aún más y se dispuso a ir a matar a Celia, quien defendía a Vanesa.
Pero al mirar bien...
Eso no era un golpe. Esas marcas de dientes, claramente eran una mordida.
Carol quedó en shock.
—¿Qué…?
Dan, adolorido, se tocó la mejilla.
Al recordar a Zack, a Dan se le oscureció la mirada. Lo que había pasado con Yeray no podía quedarse así nomás.
Cuando terminara con los problemas de Lago Negro, iba a buscar a Yeray para ajustar cuentas.
Carol ya se iba cuando Dan lo detuvo.
—Espera.
Carol se giró, esperando instrucciones.
—Tráela viva.
Carol abrió los ojos como platos.
—¿De verdad hay que complicarnos tanto?
Dan lo miró de reojo, con una mirada que cortaba el aire. Carol entendió el mensaje y asintió.
—Sí, entendido.
Y se fue.
Dan, con la cara adolorida y la marca de los dientes todavía bien marcada, no pudo evitar tocarse otra vez.
Ahora las cosas con Vanesa estaban tan tensas que si llegaba a pasarle algo a su gente, ella iba a armar un lío aún peor.
Ya no sabía cómo tratarla. Le tenía miedo, en serio.

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