Hasta ahora, cada vez que Carlos decía que seguirían entrenando, Paulina no podía evitar sentir un poco de temor.
...
Carlos apareció en la playa.
Julien y Eric corrieron hacia él. Julien se adelantó con respeto.
—Hermano, Peter fue a ver al señor, pero Lorenzo Ramos lo regañó feo.
Al escuchar eso, Carlos alzó una ceja.
—¿No lo vio?
—Así es.
Julien asintió.
Carlos esbozó una sonrisa y su ánimo mejoró.
No volvió a mencionar lo de Peter. Solo le dijo a Julien:
—Al mediodía, dile a la cocina que cambien el menú de Paulina. Que le preparen todo...
En ese momento, Carlos se quedó pensando, un poco perdido.
Julien preguntó:
—¿Qué le gustaría comer a la señora?
Carlos guardó silencio.
¿Acaso podía Paulina decidir qué quería comer? Eso no dependía de ella.
Ahora que pensaba en el asunto, ¿qué se supone que debía darle de comer para mejorar esa parte?
—Para que le crezcan los... ya sabes, ¿qué debería comer?
Julien se quedó pasmado.
Eric también.
Ambos miraron a Carlos con cara de sorpresa absoluta.
Julien se le quedó viendo, incrédulo.
—Hermano, ¿qué acabas de decir?
Carlos no respondió.
Eric se animó:
—Hermano quiere que le preparen comida para que le crezcan los... Supongo que piensa que la señora está demasiado flaca.
Julien soltó una exclamación ahogada.
Eh... ¿Comida para que le crezcan los...?
A los dos se les vino a la mente la figura delgada y sin curvas de Paulina.
Oye, ¿pero eso no era asunto de ella? ¿Por qué el jefe andaba pidiendo que le prepararan comida especial para eso?
Eric pensó: Desde anoche, mi hermano de plano ya no aguantó... ¿De qué tamaño será el trauma? Eric solo pudo poner cara de resignación.
Julien, por su parte, se puso rojo como jitomate. Jamás pensó que Carlos haría una petición así.
Ambos se sintieron incómodos con el tema.
Pero Carlos mantuvo el tono serio y formal.
—Sí, que la cocina le prepare más de ese tipo de platillos.
Julien, rojo hasta las orejas, solo pudo asentir.
—Entendido.
Los dos se alejaron de la playa.
Al recordar lo que Eric había dicho tan directo sobre el cuerpo de Paulina, Julien lo fulminó con la mirada.
—Ven.
Paulina se acercó, desconfiada.
—¿Para qué...? ¡Ay!
Ni terminó de hablar cuando sintió cómo la jalaba de la muñeca y la metía de golpe entre sus brazos.
Paulina se quedó pasmada.
¿No que iban a entrenar?
Las manos grandes de Carlos apretaron su cintura, y hasta le dio un par de apretones.
—¿Qué haces? Eso me da cosquillas —reclamó Paulina.
Antes de que pudiera decir algo más, Carlos la levantó con facilidad.
Parecía que no pesaba nada. Como si cargara a un conejito o a un gatito, la sostenía sin esfuerzo.
Supuestamente iban a entrenar.
La verdad, Carlos no era muy bueno entrenando a los demás.
Además, Vanesa ya la había traído en friega durante más de veinte días.
Ahora Paulina tenía mucha más resistencia y fuerza que antes. Si era para huir corriendo, ya estaba lista.
Bajo el sol abrasador, Paulina levantó su pistola, apuntó a una manzana a lo lejos y acertó. Pero cuando el objetivo era más pequeño, ya no podía.
Carlos se paró detrás de ella, y de vez en cuando le corregía la postura.
—¿No te puedes alejar tantito? —farfulló Paulina, incómoda.
Ya hacía suficiente calor bajo el sol.
Y ese hombre, con su calor corporal, ni se diga. En las noches, cuando la abrazaba para dormir, hasta la boca se le resecaba.
Ahora, con él tan cerca, sobre todo cada vez que le corregía la postura y le agarraba la cintura, sentía que el calor la ahogaba...

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