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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 808

—¿Por qué irse así de repente?

Cuando Paulina lanzó esa pregunta, la mirada de Carlos hacia ella se llenó de preocupación.

Paulina notó ese destello en sus ojos y el corazón se le fue hasta la garganta.

—¿Le pasó algo a mi mamá? —soltó, la voz tensa y un nudo en la garganta.

Carlos arrugó la frente.

—Dímelo, ¿le pasó algo a mi mamá? —insistió Paulina, con más ansiedad.

En ese momento, Paulina ya estaba completamente al borde del pánico, el miedo la tenía atrapada.

Carlos tomó su mano, que estaba helada.

—Hoy en la mañana, tu mamá desapareció junto con Kevin, iban camino a la junta de los viejos del Lago Negro.

Paulina se quedó en blanco.

—¿Desaparecieron?

—Sí. Por eso tenemos que ir a ver qué está pasando.

Kevin era uno de sus hombres más confiables. Si ya ni siquiera podía localizar a Kevin, Carlos sabía que esto no era cualquier cosa.

Paulina apretó los labios.

—Entonces, vámonos ya —urgió, sin poder quedarse quieta ni un segundo más, solo quería llegar cuanto antes al Lago Negro.

...

Así, de un momento a otro y sin pensarlo demasiado, Paulina terminó emprendiendo el camino de regreso al Lago Negro.

Ese lugar que, desde que tenía memoria, nunca le había traído buenas sensaciones.

Mientras tanto...

Vanesa, que se suponía ya debería haber escapado, en vez de seguir corriendo, se pegó a la barda cerca de la entrada principal y empezó a escalar.

—¿Qué haces? Tenemos que irnos —le soltó Celia, inquieta.

Ahora que nadie las había descubierto, ese era el mejor momento para desaparecer.

En cuanto a Dan... ya habría tiempo para vengarse, pensaba Celia. Así que lo primero era ponerse a salvo.

—Espérate, déjame ver quién se está atreviendo a querer acabar con Dan esta vez —replicó Vanesa, con la curiosidad ardiéndole en la mirada.

No era cualquier sitio, estaban en Littassili.

El Lago Negro tenía sus raíces tan profundas en Littassili que casi controlaba todo en ese pueblo.

Decía esto con una sonrisa, pero todos los presentes sabían que si Dan soltaba una sola palabra que a Yeray no le gustara, el castillo seguiría en llamas.

Dan lo miraba con una amenaza en los ojos.

—Será mejor que pares ahora mismo, si no, te juro que no sales vivo de Littassili.

Apenas terminó de hablar, Yeray levantó la mano y disparó al aire. Al instante, otra explosión sacudió el castillo.

—¡No puede ser! —Dan no daba crédito.

Vanesa, viendo desde lejos cómo otra parte del castillo explotaba, sintió que el corazón le saltaba del pecho.

Por suerte el castillo era enorme, si no, seguro ella también habría quedado hecha polvo ahí mismo.

Yeray lo miró, la voz profunda y firme.

—¿Vas a sacar tú mismo a mi esposa o tengo que ir por ella?

El tono era sereno, pero bajo esa calma, sus palabras dejaban claro que no iba a negociar.

Celia, que ya se había trepado junto a Vanesa, miraba la escena con los ojos bien abiertos.

Sobre todo, al escuchar la voz tan tranquila de Yeray diciendo cosas tan fuertes, no pudo evitar sacar su lado fan.

—Señor Méndez sí que está de rechupete, ¿eh?

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