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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 816

Que Vanesa viniera a exigirle explicaciones ya ni le sorprendía.

En la cabeza de Vanesa, él siempre había sido el malo, el responsable de todo lo que salía mal. Para ella, cualquier cosa sucia llevaba su nombre. Cuando una persona está llena de prejuicios, perder el sentido común es lo de siempre.

Pero Yeray... ¿de verdad también se le había ido el juicio?

Dan ya sentía cómo el coraje le quemaba el pecho:

—¡Ya estuvo bueno, carajo! Yo no me llevé a nadie, déjense de inventos.

—Yeray, ¿de verdad tienes pantalones? La vez pasada también me echaste la culpa de todo y ni te molestaste en aclararlo. Ahora por lo de Paulina te pones de lado de Vanesa y vienes otra vez a señalarme.

Mientras hablaba, la rabia de Dan se iba acumulando.

Recordó la vez anterior, cuando Vanesa, junto con otros, lo había emboscado y le habían dado una paliza junto con sus amigos.

No había forma de borrar ese recuerdo.

Que por una tontería lo hubieran golpeado ya lo tenía lleno de rabia. Y, para colmo, todo por culpa de Yeray… Aún no lo superaba.

¿Con qué cara venía Yeray ahora a reclamarle que él tampoco podía tragarse lo que había pasado?

Dan respiraba agitado, apenas podía contenerse:

—No tengo tiempo para estar discutiendo con ustedes. ¡Lárguense ya!

Aunque le habló con dureza a Patrick, en el fondo no pensaba destruir Lago Negro. Al final, ese lugar era la última voluntad de su madre antes de morir. No lo iba a arruinar.

Él debía ser el que controlara Lago Negro, siempre manteniendo el control absoluto.

Yeray soltó:

—Entréganos a Paulina y nos vamos de inmediato.

Era obvio que Yeray también pensaba que la familia Ward había sido quien se llevó a Paulina. Si no había sido Dan, entonces seguro había sido Patrick o Cristian.

Carlos… mejor ni meterse con ese tipo.

—Si ya la robaste, devuélvela y podemos arreglarlo —gruñó Yeray.

Dan casi gritó:

—¡Te juro que no la tengo! ¡No robé nada!

¡Maldita sea! ¿Es que aquí nadie escucha razones? Ya estaba a punto de explotar.

Yeray insistió:

—Entonces ve con tu papá o tu hermano y diles que la entreguen.

Dan solo apretó los labios, incapaz de responder.

Delphine, con tristeza, miró a Patrick. Este, al ver la actitud de Dan, golpeó la mesa con fuerza:

—¿Y esa actitud qué, eh?

Dan alzó la ceja con desdén:

—Si vienes a hablarme de actitud, pues de una vez te digo que la mía...

—Ya, ya, no peleen —intervino Delphine, cortando de tajo las palabras de Dan.

Aunque ya pasaba los cincuenta, Delphine parecía de poco más de treinta, gracias al cuidado que se daba. Una belleza que no se marchitaba, por eso Patrick seguía enamorado de ella después de tantos años.

Delphine logró calmar los ánimos de Patrick:

—Mejor los dejo solos para que platiquen tranquilos. No peleen, ¿sí?

Habló con dulzura, hasta le acomodó la manga de la camisa a Patrick.

Pero bajo ese rostro tranquilo y amable, Dan no podía olvidar la escena que había presenciado: Delphine, con sus propias manos, había profanado la tumba de su madre biológica. La había rodeado de cal con una expresión venenosa en la cara.

Aparentaba ser una dama, pero era supersticiosa y cruel.

Su madre la había pasado mal en vida, y ni siquiera muerta podía descansar en paz gracias a Delphine.

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