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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 839

Del lado de Isabel.

Un día sin atrapar a la persona que le mandó la prueba de embarazo y ya sentía que el corazón le daba vueltas y vueltas, sin poder estar tranquila.

Al fin y al cabo, cualquiera en su lugar habría querido aclarar el asunto hasta el fondo para poder dormir en paz. Más aún si su esposo era tan atractivo y codiciado como Esteban.

Por eso, Esteban ahora no se despegaba ni un segundo de su lado.

—Pórtate bien, Isa, no te muevas tanto —le susurró él.

En la cama, Isabel daba vueltas y vueltas, incapaz de conciliar el sueño. Esteban la abrazó y le sostuvo la cabeza contra su pecho, pero ella no dejaba de moverse, rozándolo y buscando consuelo.

Ese roce, suave y constante, hizo que la paciencia de Esteban se tambaleara; el calor subía por su cuerpo y apenas podía controlarse.

—Todavía estoy molesta —murmuró Isabel desde el refugio de su pecho, su voz apagada.

La temperatura en el cuerpo de Esteban bajó de golpe, como si le echaran un balde de agua helada.

—Isa…

—No es que dude de ti, solo estoy enojada —aclaró ella.

Al escucharlo, Esteban dejó escapar un suspiro y la tensión en sus músculos se disipó un poco.

Le sostuvo la cabeza con una mano, le levantó la cara y le robó un beso largo, profundo. Solo cuando Isabel quedó sin aire, la soltó.

—Qué tonta, sigues sin aprender —bromeó él, intentando aligerar el ambiente.

Isabel lo miró con ojos grandes y llenos de tristeza.

Esteban le acarició la cabeza.

—Mamá ya mandó a alguien a buscar a Sylvie. Mañana ella misma vendrá a explicarte todo, ¿sí?

Sylvie Masson. La misma que en la última fiesta en casa había intentado molestar a Isabel de todas las formas posibles.

—También mandaron gente a hablar con Flora Méndez —añadió Esteban.

¡Flora! No era la única que soñaba con Esteban, pero tanto ella como Sylvie lo hacían descaradamente.

Isabel solo se apretó más contra él. Ya no dijo nada. Seguía molesta, de verdad, con un coraje que le ardía por dentro.

Ver el nombre de Paulina la hizo dudar por un segundo. Todos habían estado buscándola como locos. Vanesa, sobre todo, había puesto de cabeza todo Lago Negro…

Ahora, al ver que Paulina le llamaba, Isabel se quedó pasmada, y enseguida contestó.

—¿Pauli?

—Soy yo, Isa —se escuchó la voz de su amiga.

Isabel apretó el teléfono con fuerza.

—¿Vanesa ya te encontró? ¿Estás bien? ¿Esa bola de desgraciados de la familia Ward no te hicieron nada?

Por culpa de Vanesa, Isabel no tenía ni una pizca de simpatía por los Ward. Si podía insultarlos, lo hacía sin pensarlo.

—¿Eh? —fue lo único que acertó a decir Paulina.

—No tienes idea, llevamos días buscándote, nos volvimos locos. Los Ward son unas bestias, ¡tienes la misma sangre que ellos! ¿Cómo pueden tratarte así?

Por más que la familia Galindo también tuviera lo suyo, Isabel sentía un coraje especial por la forma en que los Ward menospreciaban a Paulina. Ella, al menos, tenía el respaldo de los Allende, tenía a Esteban.

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