Paulina, con los ojitos llenos de lágrimas y una vocecita temblorosa, jaló aire y dijo entre sollozos:
—Quiero naranja… Quiero naranja…
—¿Estás segura de que puedes comer frutas frías si estás resfriada? —preguntó Carlos, mirándola con preocupación.
Paulina insistió:
—Quiero…
Era un hábito que no podía cambiar. Siempre que tomaba alguna medicina amarga o incluso cuando se pasaba de copas, le entraban las ganas de comer naranja. Solo el frescor de la naranja lograba apaciguar esa sensación de calor y malestar que sentía por dentro.
Y ahora, con la fiebre subiéndole y bajándole, se sentía como un pez atrapado en el desierto: a ratos temblaba de escalofríos, a ratos sentía que se quemaba por dentro.
Justo ahora, sentía que se estaba deshidratando, como si todo su cuerpo fuera a estallar de tan seco.
Al final, Carlos pidió a la recepción que le subieran naranjas y algunas otras frutas.
Pero Paulina no quiso probar ninguna otra cosa, solo aceptaba las naranjas.
Carlos le dio una y ella de inmediato pidió más:
—Quiero otra…
En su voz se notaba el gustito y la satisfacción de estar comiendo su fruta favorita. Simplemente, le fascinaba el sabor de la naranja.
Carlos miró el plato de naranjas y preguntó, dudando:
—¿Y no es mucho comer tantas?
—Las naranjas tienen vitamina C, si como más seguro me curo más rápido del resfriado —aseguró Paulina con total descaro.
Quién sabe si era cierto, pero con tal de comer naranja, Paulina decía cualquier cosa.
Carlos no se tragó tan fácil la excusa.
Desde que la dejó preparar queso fundido en la terraza y terminó resfriándose, ya no se atrevía a complacerle todos sus caprichos.
Le preocupaba que tanta naranja le empeorara el resfriado, así que se puso a buscar en su celular si las personas enfermas podían comer mucha fruta.
Por suerte, en internet decía que sí, que la fruta con vitamina era buena cuando uno estaba enfermo.
Al final, Carlos dejó que Paulina comiera otra naranja más.
Ahora sí, Paulina estaba en el cielo…
—Uy, qué rico… Me siento bien.
Sentía ese frescor en la boca y el malestar desaparecía, la garganta ya no le picaba, por fin se sentía cómoda.
Carlos la miró con cara de resignación y le soltó en tono de regaño:
—¡Ay, Paulina!
...
Estaba ahí con su propia hija y ese tipo se atrevía a tratarlo así, como si él no fuera nada.
¿Así pretendía que le entregara a su hija?
Patrick masculló lleno de coraje:
—¡No dejes de tocar!
Lo dijo de tan mala gana que Quentin no tuvo opción más que seguir tocando el timbre, que sonaba una y otra vez:
—Ding dong, ding dong—
En medio de la noche, ese sonido era aún más estridente, casi insoportable.
Cuando terminaba de sonar, Quentin volvía a presionar el timbre, listo para no parar hasta que le abrieran.
Y justo cuando iba a tocar de nuevo, la puerta se abrió de golpe desde dentro.
Sin darle tiempo a reaccionar, una pierna salió disparada y —¡pum!— le dieron una patada en el estómago.
—¡Ah!— soltó Quentin, doblándose del dolor y cayendo al piso del pasillo, abrazándose la panza.
Patrick se quedó petrificado al ver a Quentin tirado en el suelo; por un segundo, hasta la rabia se le borró de la cara.
Alzó la vista y ahí estaba Carlos, saliendo de la habitación con una presencia que helaba la sangre; su expresión era tan amenazante que nadie se atrevía a decir una palabra.

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