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La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 959

Además, antes ella siempre había esquiado así y nunca se había enfermado por el frío.

Carlos no dudó ni un segundo y la cargó de inmediato de regreso a la habitación.

La arropó bajo las cobijas. Para ese momento, la carita de Paulina ya empezaba a verse roja y febril.

—¿Te sientes mal? —le preguntó Carlos, preocupado.

—Me duele la cabeza… —murmuró ella.

Sobre todo cuando el viento le pegó hace rato, sintió un dolor punzante en las sienes.

—La neta, no debí haberte dejado —soltó Carlos, medio molesto consigo mismo.

No se esperaba que el cuerpo de Paulina fuera tan delicado, como si fuera una criaturita recién salida de un cascarón.

Paulina temblaba de pies a cabeza, envuelta en la cobija y apenas asomando su cabecita.

Al ver que Carlos la regañaba, le lanzó una mirada lastimera. Carlos, sin poder resistirse, le revolvió el cabello con ternura.

Luego se dio la vuelta para pedir por teléfono que le trajeran medicina para el resfriado desde recepción.

No tardaron en traerle unos sobres para preparar, así que Carlos los mezcló con agua tibia de volada.

Cuando se acercó a la cama, notó que la cara de Paulina estaba más roja que nunca.

—Ándale, primero toma la medicina —le dijo, tratando de sonar paciente.

Paulina abrió los ojos apenas, con una expresión que partía el alma.

—Tengo frío —susurró, como si fuera un cachorrito abandonado.

Carlos dejó escapar un suspiro, se sentó a su lado y, sin pensarlo mucho, la abrazó junto con la cobija, acomodándola sobre su pecho.

—Tranquila, primero tómate el remedio —le dijo, hablándole bajito.

Con un cariño que ni él conocía en sí mismo, le acercó el vaso a los labios. Carlos, en el fondo, jamás se hubiera imaginado en ese papel: cuidando a alguien de esa manera.

Él…

Desde que tenía memoria, su hogar había quedado destruido.

Todo lo que recordaba se congeló aquella noche en que perdió a su familia. El fuego devorando todo, el resplandor iluminando la noche, y su vida hecha cenizas.

Los recuerdos de antes de esa tragedia, el calor de un hogar, todo había quedado borrado.

Desde entonces, sólo caminó entre sombras, sobreviviendo en los rincones más oscuros, rodeado de nada y de nadie.

Jamás pensó que en su vida aparecería alguien tan frágil, alguien que necesitara de su cuidado. Alguien así de chiquita y necesitada de cariño.

Paulina probó un sorbo, y su cara se retorció como si le hubiera dado un trago a veneno:

Eso fue suficiente para que el corazón de Carlos, normalmente tan duro, volviera a estremecerse.

Su expresión se suavizó un poco.

—Hay que tomar la medicina, Paulina. Por favor. Sé buena.

Carlos, que nunca había sido bueno para tratar con chicas, ahora le hablaba con toda la paciencia del mundo.

Después de mucho batallar, Paulina terminó tomando el remedio a sorbos chiquitos.

Fue toda una odisea. Una simple taza de medicina, y tardaron media hora en que se la acabara.

En otro momento, Carlos habría perdido la paciencia y hasta habría soltado un regaño.

Pero ese lado tan duro suyo no era por falta de cariño, sino porque nunca había encontrado a alguien que mereciera ese trato especial.

Y ahora, con Paulina, aunque hiciera berrinche toda la noche, él la iba a consentir.

Cuando por fin terminó, Paulina hizo un puchero:

—¡Quiero comer naranja! Esto sabe horrible…

Lo miró con ojos suplicantes.

—¿Naranja? —repitió Carlos, sorprendido.

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