EMELY.
—Maestra Emely, ¿los hombres lobo existen de verdad?
Una pequeña risa escapó de mis labios. Me encantaban sus preguntas, su mundo sin límites.
—No, Matías —dije con firmeza, mirándolo directamente—. Los hombres lobo no existen.
Los demás niños se miraron, algunos aliviados, otros un poco decepcionados.
—Son solo cuentos —continué, con una sonrisa amable—. Historias bonitas que nos cuentan para dormir o para soñar. Imagina que son como los dragones o las hadas, ¿ves? Personajes de cuentos.
Explicarles que la fantasía y la realidad eran cosas distintas era una parte esencial de mi trabajo. Quería que su mundo fuera seguro, libre de miedos inventados. Amaba su inocencia, y protegerla era mi prioridad.
Me encantaba mi trabajo; enseñar era mi vocación y los niños eran el centro de mi mundo. Siempre había deseado tener los míos, sentir esa conexión pura y eterna. Pero la realidad era otra.
La junta con los padres de familia se canceló a último momento por un problema con la calefacción del colegio. Al ver que tenía la tarde libre, decidí pasar por el supermercado. Compré vino, un buen corte de carne y espárragos. Quería sorprender a Arles, mi prometido. Vivíamos juntos desde hacía dos años y, aunque él sabía cuánto anhelaba ser madre, siempre ponía excusas: el trabajo, la economía, el momento "ideal". Arles era un exitoso corredor de bolsa y su prioridad eran los números, no los pañales. Yo aceptaba sus negativas con la esperanza de que, al vernos casados, su corazón finalmente cediera.
Llegué al apartamento con las bolsas pesando en mis manos. Al entrar, el silencio me recibió, pero era un silencio extraño
Dejé las compras sobre la encimera de la cocina y me dispuse a buscarlo.
Entonces, lo escuché.
No era el sonido de la televisión ni de una llamada de negocios. Eran jadeos rítmicos y gemidos ahogados que provenían de nuestra habitación.
Dios, por favor que no sea lo que estoy pensando.
Sentí un frío súbito recorrerme la columna; algo en mi interior se agrietó antes de que mis ojos pudieran confirmar la tragedia.
Caminé por el pasillo, con las piernas pesadas como si se hubieran convertido en plomo. Apoyé la mano en el pomo de la puerta y la empujé lentamente.
La escena fue como un golpe seco en el estómago. Allí, en nuestra cama, sobre las sábanas que yo misma había lavado esa mañana, estaba Arles. No estaba solo. Se movía con frenesí sobre el cuerpo de otra mujer, una desconocida que se aferraba a su espalda con uñas pintadas de rojo.
Él no se detuvo de inmediato, no hasta que el sonido de mi respiración entrecortada lo obligó a girar la cabeza. En sus ojos no vi arrepentimiento, solo la sorpresa de haber sido atrapado antes de tiempo. En ese instante, el futuro que había construido en mi cabeza se desmoronó por completo.
El aire se me escapó de los pulmones. Me quedé allí, de pie, viendo cómo el hombre que amaba se despegaba de ese cuerpo extraño con una agilidad cobarde. El sonido de la carne chocando todavía resonaba en mis oídos, ensuciándolo todo.
—¡Emely! Espera... ¡no es lo que parece! —soltó Arles mientras se cubría con las sábanas, usando el diálogo más cliché y miserable de la historia.
—¿No es lo que parece? —mi voz salió como un susurro roto—. Te estoy viendo, Arles. Estás en nuestra cama... con ella.
Me di la vuelta, sintiendo una náusea violenta. El corazón me latía tan fuerte que me dolía la garganta. Escuché el movimiento frenético de él intentando ponerse los pantalones mientras yo caminaba a trompicones hacia la salida.
—¡Emely, detente! ¡Hablemos! —gritó, persiguiéndome por el pasillo.
—¿Así que esta es tu mujer? —preguntó ella—. Tenías razón, Arles. Es bastante insípida. No sé cómo aguantaste tanto tiempo con alguien tan... ordinaria.
Me detuve en seco. El dolor se transformó en una furia caliente que me nubló la vista. Me giré hacia Arles, que estaba a solo un metro de mí, con el rostro pálido y el cabello revuelto.
—¿Eso le decías? ¿Que soy insípida mientras yo planeaba una vida contigo? —le espeté.

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