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La humana embarazada del alfa supremo romance Capítulo 5

EMELY.

—¡Ya basta! —exclamé, perdiendo la paciencia. Me puse de pie y, de un movimiento rápido, le arrebaté el papel de las manos.

La doctora ni siquiera reaccionó, seguía en un estado de negación absoluta, balbuceando que los cálculos habían fallado. Mis ojos recorrieron la hoja con desesperación hasta que encontré la palabra clave.

Positivo.

Sentí un estallido de luz en mi pecho. No entendía el resto de los valores ni por qué ella estaba tan asustada, pero lo que yo buscaba estaba ahí.

—¡Estoy embarazada! —le dije, con las lágrimas asomando por fin, pero esta vez de alegría—. Doctora, ¡lo logramos! ¡Voy a ser mamá!

La doctora se detuvo en seco. Se acercó a mí y me tomó de los hombros con una fuerza que me dolió, obligándome a mirarla directamente. Su rostro no tenía ni rastro de simpatía.

—Emely, escúchame bien porque no tenemos tiempo —dijo con una voz cortante y desesperada—. Tienes que abortar. Ahora mismo. Voy a preparar el quirófano para una interrupción de emergencia. No puedes salir de aquí con ese embrión.

El impacto de sus palabras fue como un golpe físico. Di un paso atrás, protegiendo mi vientre con ambas manos de forma instintiva.

—¿Qué? ¡No! ¿De qué está hablando? —grité, horrorizada—. ¡He pasado meses deseando esto! ¡He pagado por esto! No voy a abortar a mi hijo.

—¡No es una sugerencia, es una orden médica! —rugió ella, perdiendo los estribos—. No eres compatible con lo que llevas dentro. Tu vida está en riesgo, Emely. Ese... esa criatura te va a consumir desde adentro. Tu cuerpo humano no va a resistir el desarrollo. Si no lo sacamos ahora, vas a morir en cuestión de semanas.

Negué con la cabeza frenéticamente, retrocediendo hacia la puerta del consultorio. No podía creer lo que escuchaba. Hace quince días todo era posible, y ahora me decía que mi hijo era una sentencia de muerte.

—¡No le creo! —le solté con rabia—. Usted solo tiene miedo de algo que no comprende. Mi hijo se queda conmigo. No me voy a dejar tocar.

—¡No entiendes a quién le pertenece esa muestra! —gritó la doctora, pero antes de que pudiera decir una palabra más, el pomo de la puerta giró.

Me pegué a la pared, sintiendo que el aire me faltaba. La doctora Archer estaba fuera de sí, gritando que debíamos proceder de inmediato, mientras yo me cubría el vientre con las manos, temblando.

—¡No me toque! ¡No voy a abortar! —grité, buscando desesperadamente una salida.

En ese momento, la puerta se abrió con una fuerza controlada y un hombre alto, de mirada fría y porte impecable, entró en el consultorio. Llevaba una bata blanca, pero no parecía un médico; su presencia irradiaba una autoridad que congeló el ambiente.

—¡Doctora Archer, cálmese ahora mismo! —ordenó el hombre con una voz profunda que hizo que la doctora se detuviera en seco.

—¡Garino! ¡No puede tenerlo! —exclamó ella, señalándome con un dedo tembloroso—. Es una humana, no puede llevar esa semilla en su vientre. ¡Es un suicidio!

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