EMEY.
El sol de la mañana entraba por los ventanales del salón, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Estaba en medio de mi clase de Ciencias Naturales, explicándoles a mis niños de primer grado cómo las semillas se convertían en plantas. Eran pequeños, de apenas seis o siete años, con esa energía inagotable y esa curiosidad que me mantenía viva.
Me encantaba ver sus rostros concentrados. Amo a los niños; siempre supe que mi vocación estaba entre estas cuatro paredes, rodeada de dibujos coloridos y risas infantiles.
—¡Señorita Emely! —gritó Santi, un niño de cabello alborotado, mientras corría hacia mi escritorio.
Se detuvo frente a mí y, con una sonrisa que dejaba ver que le faltaban los dos dientes frontales, me extendió una manzana roja y brillante.
—Es para usted. Mi mamá dice que es la más dulce del árbol —dijo con orgullo.
—Muchas gracias, Santi. Es preciosa —le respondí, acariciando su cabeza.
Al tomar la fruta, sentí un ligero mareo, una sensación extraña que venía acompañándome desde hace un par de días, pero la ignoré. Hoy era el día. Tenía que viajar de regreso a la ciudad para hacerme el examen de sangre en la clínica y confirmar si el procedimiento de hace quince días había funcionado.
No veía la hora de terminar la jornada escolar. Cada vez que miraba el reloj en la pared, sentía que las manecillas se movían con una lentitud desesperante. Quería salir de aquí, subirme a mi auto y llegar a la clínica para recibir la noticia que cambiaría mi vida para siempre. Por fuera, seguía repasando con ellos las partes de una flor, pero por dentro, mi mente estaba en esa prueba de laboratorio.
Solo faltaban un par de horas. Un par de horas para saber si ese sueño que Arles despreció finalmente se estaba haciendo realidad de forma independiente y valiente.
—¡Nos vemos mañana, pequeños! No olviden traer sus dibujos de las semillas —les dije con una sonrisa mientras los veía recoger sus mochilas con el alboroto típico de la salida.
Cuando el último niño salió del salón, solté un suspiro de alivio. Me sentía agotada, pero la emoción me mantenía alerta. Estaba terminando de guardar mis cosas cuando apareció por la puerta Lysandra, una de las maestras de preescolar. Es una mujer encantadora, con una energía que siempre logra animarme.
—¡Emely! —me llamó con entusiasmo—. Un grupo de nosotros vamos a ir a almorzar a la plaza, al puesto de comida casera. ¿Te unes? Nos vendría bien tu compañía.
Le dediqué una sonrisa de disculpa mientras cerraba mi bolso.
—Me encantaría, Lysandra, de verdad, pero tengo el tiempo justo —le respondí—. Debo viajar a la ciudad para una cita médica importante y no puedo retrasarme ni un minuto si quiero llegar antes de que cierren el laboratorio.
—Oh, entiendo perfectamente. No te preocupes, ¡la salud es lo primero! —me dijo ella sin perder la amabilidad—. Ve con cuidado en la carretera.
—Gracias, nos vemos mañana —me despedí, dándole un rápido abrazo.
Caminé hacia el estacionamiento sintiendo una calidez en el pecho. Estaba comenzando a hacer buenas amistades en este pueblo; personas como Lysandra hacían que todo fuera más fácil. Aquí todos eran amables, se saludaban por el nombre y se cuidaban entre sí. Era el ambiente perfecto que siempre quise para mi futuro hijo, lejos del ruido y la frialdad de la capital.
Subí a mi auto y puse el motor en marcha. El viaje hacia la ciudad duraba un par de horas, y el paisaje de árboles empezaba a quedar atrás para dar paso al asfalto. Mientras conducía, mis manos apretaban el volante con suavidad. No podía dejar de pensar en lo que me esperaba al final de ese trayecto.
«Por favor, que sea un sí», rogaba en silencio.


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