EMELY.
Habían pasado tres meses desde aquella tarde en que mi vida se hizo añicos en ese apartamento. Tres meses desde que dejé atrás a Arles, su traición y esa sensación de que no era "suficiente". Me mudé lejos, a un pequeño pueblo rodeado de bosques donde el aire olía a pino y a tierra mojada; allí encontré trabajo como profesora en una escuela rural. Los niños de ese pueblo, con sus mejillas rojas y sus preguntas sobre criaturas mágicas, habían sido mi medicina.
Pero hoy estaba de vuelta en la ciudad, sentada en la fría sala de espera de la clínica de fertilidad.
Había sido un proceso doloroso, no solo por los exámenes médicos, sino por el duelo de entender que el hombre que amé nunca quiso lo mismo que yo. Pero ya lo había superado. Al final, me di cuenta de que Arles no valía ni una sola de mis lágrimas; él se quedó con su vida vacía y yo me quedé con mi sueño intacto. No necesitaba a un mentiroso para ser madre.
—¿Emely? —la voz de una enfermera me sacó de mis pensamientos.
Me puse de pie, alisando mi vestido con manos temblorosas. El corazón me latía con una fuerza nueva, una mezcla de nervios y una esperanza que no sentía hace mucho tiempo.
—Sí, soy yo —respondí con voz firme.
La enfermera me dedicó una sonrisa profesional pero cálida y me guio por un pasillo blanco e impecable. Me llevaron a una habitación pequeña donde me entregaron una bata y me pidieron que me preparara. Mientras me cambiaba, miré por la ventana los edificios de la ciudad. Estaba a punto de dar el paso más importante de mi vida. Estaba asustada, sí, pero también me sentía más poderosa que nunca.
Minutos después, la enfermera regresó y me llevó al consultorio principal. Allí me esperaba la doctora, una mujer de mirada inteligente que revisaba unos documentos en una tableta.
—Buenos días, Emely —dijo la doctora sin levantar la vista al principio—. Hoy es el gran día. Todo está listo para el procedimiento de inseminación. Los parámetros son perfectos y hemos seleccionado la muestra más compatible según lo que solicitaste.
Me acosté en la camilla, mirando el techo blanco, apretando las manos a mis costados. "Vas a estar bien", me repetí a mí misma. "Vas a tener a ese bebé que tanto has soñado".
No sabía que, en la habitación contigua, el destino estaba moviendo piezas que yo no podía comprender. No sabía que el material genético que estaba a punto de cambiar mi vida no pertenecía a un donante cualquiera, sino a un hombre que buscaba, al igual que yo, algo por lo que vivir.
La doctora revisaba mis gráficas con una concentración absoluta, mientras yo intentaba controlar el temblor de mis manos sobre la camilla. El silencio de la sala solo era interrumpido por el pitido suave de las máquinas.
—Todo se ve excelente, Emely. Tu cuerpo está en el punto exacto —me dijo con voz pausada, tratando de transmitirme una paz que yo aún no encontraba—. Vamos a proceder.
Se giró hacia su asistente, una chica joven que sostenía una bandeja metálica, pero que parecía estar mirando hacia un punto inexistente en la pared.
—Lucía, por favor, trae el vial preparado para el procedimiento de la paciente —pidió la doctora con tono profesional.
La asistente no se movió. Tenía la mirada perdida, como si su cabeza estuviera a kilómetros de distancia de aquel consultorio. La doctora frunció el ceño y dejó los guantes sobre la mesa, elevando un poco más la voz.
—¡Lucía! —repitió, esta vez con firmeza—. Necesito la muestra de la unidad de criogenia ahora mismo. Concéntrate.
La chica dio un salto, parpadeando con rapidez, y el color subió a sus mejillas de inmediato.
—Listo, Emely. Terminamos —dijo la doctora, retirando los instrumentos con suavidad—. Ahora lo más importante: quédate así, acostada y tranquila durante unos quince minutos. Deja que la naturaleza haga el resto.
Se quitó los guantes y me dedicó una mirada llena de esperanza.
—Felicidades, has sido muy valiente. Ahora, a descansar.
Me quedé allí, mirando el techo blanco con una mano sobre mi vientre. La doctora y la asistente se alejaron para registrar los datos del procedimiento en la computadora. El silencio en la sala era total, solo roto por el roce de sus bolígrafos.
El hormigueo en mi vientre no desaparecía; era un calor constante que me recorría por dentro. No sabía si era una reacción física normal o el resultado de los nervios, pero me sentía extrañamente llena.
—Quédate así diez minutos más, Emely —me indicó la doctora sin mirarme—. Luego puedes vestirte y pasar por recepción.
—Gracias, doctora —respondí.
Cerré los ojos. Me concentré en mi respiración y en la idea de que, finalmente, lo había logrado. Después de todo el dolor con Arles, de las mentiras y de sentir que mi tiempo se agotaba, este momento era solo mío. No me importaba estar sola en esa camilla; me sentía capaz de todo por el hijo que esperaba tener.
Me imaginé regresando a mi casa en el pueblo, preparando el cuarto y continuando con mis clases en la escuela, pero ahora con un propósito real. Estaba tranquila. La decisión estaba tomada y el procedimiento hecho. Solo quedaba esperar a que la vida siguiera su curso.

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