11-Kennedy
Pude sentir cómo volvía poco a poco a la conciencia. Definitivamente había dormido bien, pero creía que fue porque estaba con todos los chicos en el auto, y algo de Rayna también era reconfortante. Los chicos eran mi lugar seguro. Algo de ellos como grupo siempre me hacía estar tranquila y enfocada. Nunca había tenido a ninguna mujer que me calmara lo suficiente como para dormir, ni siquiera la tía Beth.
Tal vez porque ella era parte de Jer, una extensión de nuestra conexión también estaba en ella por el vínculo de apareamiento. Quién sabe. Cuando creía que entendía la naturaleza de los hombres lobo, siempre aparecía algo que me hacía dudar de cosas que deberían tener sentido… como los compañeros destinados.
Por la naturaleza de las pesadillas que tenía cuando estaba sola, dormir en mi cama debería hacerme tener algún tipo de TEPT al viajar en vehículos, pero no había miedo en absoluto. Nunca lo había habido. Era tan extraño.
Me desperté por completo cuando la SUV redujo la velocidad y noté un olor diferente rodeándome.
—¿Ben? —pregunté con voz ronca mientras me incorporaba lentamente y miraba alrededor, restregándome los ojos—. ¿De dónde saliste? Juraría que Jason era mi almohada cuando salimos.
—Creo que por fin pudiste dormir lo que necesitabas, Ken. Habíamos manejado casi cuatro horas. Cada uno tomó un turno para ser tu almohada y no te moviste ni un centímetro —me dedicó una sonrisa poco común—. Hasta Rayna se sentó contigo.
Miré el asiento en diagonal y ella me sonrió.
—¿Cómo no noté sus enormes traseros yendo y viniendo? A Rayna sí podía verla pasando desapercibida, pero al resto de ustedes ni de chiste. ¿Me drogaron o qué? —Los asientos de la tercera fila no tenían puertas, así que debió ser complicado para ellos meterse.
—No, pero claramente lo necesitabas. ¿Te sientes mejor? —preguntó de nuevo, preocupado. Ojalá no me mirara así. Sabía que se preocupaba por mí, pero a veces —como ahora— se sentía como algo más. Él tenía una compañera esperándolo en algún lugar; yo no iba a meterme en ese lío.
Me giré hacia la ventana.
—Sí, gracias. ¿Dónde estamos ahora? —tenía que quitar el tema de mí y mis hábitos de sueño.


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