—¿Y nunca se lo dijiste a Jeremiah?
Negó con la cabeza.
—Al menos tú escuchaste toda la historia, sin importar cuánto quisieras dejarme de lado e irte a ocuparte de él tú solo. Jer nunca habría sido tan calmado; todavía pierde el control cuando no lo llamo cada día, aunque los dos llevemos vidas separadas. Además, no hay nada de qué ocuparse. Los que me pusieron las manos encima, y otras cosas, ya no están para rendir cuentas.
—Tienes tan poca vergüenza conmigo, pero ¿no puedes decir “verga” cuando hablas de ellos? —solté la pregunta antes de poder siquiera pensarla bien.
—Me gusta el sexo. Siempre me ha gustado. Eso no fue sexo. Eso estuvo mal, fue irrespetuoso y degradante. No quiero volver a hablar de esto jamás, pero pensé que debías saberlo.
Le apreté las caderas, eligiendo mis palabras con cuidado para no alterarla.
—¿Fue tu primera vez? ¿Te...te quitaron...?
—¿No? ¿Por qué no?
—No era mío para siempre. Eso es lo que la gente olvida a veces. Sé que no soy una loba, pero he estado rodeada de hombres lobo toda mi vida. Respeto lo que es el vínculo de compañero, lo que significa. Él no era mío. Lo que significa que hay alguien ahí afuera que fue destinado a él, igual que tú fuiste destinado a mí.
Ya no pude contenerme. La besé. Fue profundo y lento. Puse en ese beso cada emoción que había ido acumulando a lo largo de toda esa parte de su historia que eligió compartir conmigo. Ella decidió darme ese regalo. Una parte de ella que ni Jeremiah ni Ben tenían.

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