Kennedy
Me aparté para mirarlo. Los dos éramos exactamente los mismos de siempre, y sin embargo, tanto había cambiado en solo unos segundos. No podía creer que lo había logrado. Nunca pensé que podría contarle esa historia a nadie. Todavía me sentía un poco entumecida, casi como si no hubiera sido yo la que habló. Como si alguien más hubiera usado mi boca, y yo simplemente hubiera estado ahí. Incluso en ese momento, recién caí en cuenta de que tenía las manos en el rostro de Ryker, sin recordar haber movido los brazos.
Se quedó sentado en silencio y me dejó estudiarlo con las manos. Recorrí con los dedos desde su cuello tenso hasta su barba de cinco días perfectamente delineada. Tracé la mandíbula y pasé el pulgar por sus labios, donde él me dejó un beso suave en la yema, pero nada más. Los pómulos pronunciados se le marcaban aún más mientras apretaba y aflojaba la mandíbula con cada uno de mis movimientos.
Cerró los ojos cuando le pasé ambos pulgares por las cejas y exhaló. Luego deslicé los dedos entre su cabello, rascando suavemente el cuero cabelludo con las uñas, lo que le arrancó un pequeño estremecimiento.
—Me estás matando, Corderito. Tengo tantas preguntas, pero también quiero darte vuelta y descubrir qué otros sonidos puedo arrancarle a esa boca tan dulce.
Le besé la mandíbula y él tensó los músculos bajo mis labios.
—¿Qué preguntas tienes?
Lo iba a hacer esperar. Él me tuvo esperando tanto tiempo; ahora era su turno. Seguí dejando una cadena de besos suaves desde su mandíbula hacia un lado del cuello.
—Mmm… yo… mmm… se me olvidó —tartamudeó mientras yo trazaba un camino de besos de un extremo de su clavícula al otro.
Me reí y apreté el puño en su cabello, cerca de la nuca.
—No te creo. Sé que en esa cabeza tuya hay muchas más preguntas —le susurré contra su piel acalorada—. Yo las tendría.
—La sangre no está llegando precisamente a esa cabeza. La de arriba no me responde en este momento —respondió con los ojos aún bien cerrados, y su cuerpo confirmó la afirmación cuando su verga golpeó suavemente mi trasero. Le di un pequeño meneo y me gané otro gemido de su parte.
—Qué lástima que intentaste vestirme; ya podríamos haber empezado el segundo round.
Abrió los ojos de golpe. Había en ellos un fuego que no había visto antes. Lo había desafiado.
—Ay, Corderito, subestimas las razones del atuendo —dijo, y el verde esmeralda de sus ojos destelló en rojo por apenas un segundo—. Primero, quería verte con mi ropa; de ahora en adelante, por cierto, esto es lo único que usarás para dormir. Segundo, estas —mordisqueó un pecho a través de la camisa, lo que me hizo soltar un chillido y dar un brinco—, son una distracción absoluta y necesitaba escuchar lo que tenías que decirme. Y tercero, voy a cogerte de todas las formas posibles con esta camisa puesta, para que sepas que eres mía —gruñó y bajó la mirada.
—¡Ay, Luna! Justo le estaba preparando un plato. El Alfa dijo que si no la veía antes del mediodía, fuera a ver cómo estaba.
—¿Lo dijo?
—Mmmm —asintió sin apartar los ojos de lo que hacía—. Dijo que merecía el descanso, pero que necesitaba mantenerse saludable… —Se rio, cortándose a sí misma.
—¿Qué? —le sonreí. Lo que fuera que Ryker había dicho, lo encontraba de lo más gracioso a juzgar por la mirada en sus ojos.
—Dijo que necesito mantenerla lo suficientemente saludable para que pueda cargar todos los cachorros que le dio anoche —soltó una carcajada sin control.
—¡¡No lo dijo!! —Me cubrí la cara de la vergüenza.
—Lo dijo. Pero, Luna, estaba tan tierno —se tapó la boca con la mano—. ¡No le diga que dije eso! —murmuró entre los dedos.

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