—Por fin te tengo, pequeña rompehogares de mierda.
—Podría decir que me sorprende verte, Amy, pero no me sorprende para nada —respondí. Sentí que las piezas del rompecabezas encajaban en su lugar, aunque no todas. —¿Me dirás por qué tu compañero necesitó capturarme?
Bien valía intentarlo. Ella no era de las que respondían con pocas palabras. Con suerte, seguía siendo de lengua suelta.
—Quiero ser una Luna.
—¿No lo eres ya? Tu compañero es el Alfa de este grupo de rebeldes, lo que te convierte en su Luna por ser su compañera. Creí que te habían enseñado cómo funciona todo esto a los, no sé, cinco años —respondí.
Eso me ganó otra cachetada. Las suyas eran suaves como plumas comparadas con las de Dirk.
—Zorra estúpida. Quiero ser la Luna de Ryker, y casi lo logré hasta que tu miserable pestilencia de humana apareció en escena. ¿Por qué no pudiste simplemente mantenerte alejada y dejar que él siguiera odiándote? Estaba tan cerca de rechazarte. No deberían permitírtelo.
El estómago se me revolvió. Sabía que no podía creerle nada de lo que salía de su boca, pero no podía evitarlo. ¿Iba a rechazarme por ella? Nunca había dicho nada. Lo habría dejado ir, especialmente al principio. Sabía que debería tener una loba que estuviera a su altura, pero ahora... Ahora decía que me amaba. ¿Acaso era solo el vínculo de compañeros hablando? No podía deshacerse de mí por eso. Tenía que alejar esos pensamientos. No podía dejar que nadie, y mucho menos ella, me hiciera dudar. Aunque no sabía si podría hacer desaparecer ese sentimiento.
—¿Cuál era tu plan? ¿Matarme y luego rechazar a tu propio compañero con la esperanza de que Ryker te eligiera? Nunca lo haría, y tú lo sabes, ¿verdad?
—¡Claro que lo hará! Ha sido mío por tanto tiempo. Iba a elegirme antes de que tú aparecieras.
—Nunca ha querido una compañera elegida. Cualquiera que lo conozca sabe eso —respondí, poniéndole los ojos en blanco. Si iba a morir allí, sería atormentando a esa monumental fastidiosa. —Claramente no eras lo suficientemente cercana a él como para tener ese conocimiento.
¡Plaf!

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