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La Luna no deseada por el Alfa romance Capítulo 333

—¿Continúa hasta el acantilado? —Me miró por encima del hombro como si fuera un idiota y sonreí. No había sonreído de forma natural en mucho tiempo—. Solo preguntaba. —Se rio y siguió adelante.

Al llegar a la arboleda, todos los rastros de olor menos uno desaparecieron. Tenía razón, era una hembra, más o menos de nuestra edad. Si era una rebelde, lo era desde hacía poco. Su aroma no tenía ese hedor empalagoso a composta podrida que solía acompañar a los rebeldes. Tampoco olía como miembro de una manada.

—Ahí. —Señalé una abertura pequeña en la pared rocosa por la que Elara cabría sin problema. Yo iba a tener que apretarme para pasar.

Avanzamos en silencio, en alerta máxima por si alguien vigilaba la entrada. Tal vez ella esperaba que la cantidad de rastros de olor que dejó bastara para mantener la cueva a salvo. Tal vez había más dispositivos de escucha. Todavía no habíamos descifrado de qué se trataba todo aquello tampoco. Solo había encontrado uno más desde nuestro descubrimiento inicial. Quien fuera el responsable debió darse cuenta de que los encontramos, escondió uno más como prueba y desistió. O se volvió mejor escondiéndolos.

—¿Listo? —me preguntó Elara.

—Después de ti.

—De todas las veces que me haces esperar mientras tú exploras, olfateas, investigas y alargas todo, ¿ahora no vas a discutir conmigo y me vas a dejar entrar tan campante a lo desconocido?

—Sip. —Me descubrí sonriendo otra vez y en esa ocasión ella me devolvió la sonrisa.

Se escurrió por el pasaje angosto y tuvo que contener la risa mientras yo luchaba por meter mi trasero enorme. La camiseta se me rasgó en un par de lugares y para cuando saliéramos iba a tener marcas y rasguños por todas las piernas y los brazos. Un olor ácido me golpeó de lleno y no pude seguir con mis pensamientos. Era un olor a conservador, como cuando Luna Beth preparaba encurtidos con las verduras de su jardín.

—¿Qué carajos es todo esto? —susurró Elara.

—Lo que sea que sea “esto”, la operación lleva un buen rato funcionando —dije mientras observaba las filas de estantes repletos de suministros. Frascos de polvos y botellas de líquidos de colores, todos etiquetados, pero con símbolos, no con palabras—. Alguien se está cubriendo bien las espaldas —murmuré para mí.

—Pero ¿para qué es todo esto? —susurró mientras se acercaba a una mesa organizada con precisión de cirujano.

“Ben, tenemos información”.

“¿Qué pasó, Chance?”

“Tres de los adolescentes de Junior aparecieron muertos en los últimos seis meses y no fue un ataque. Otros dos desaparecieron la semana pasada”.

“Gracias, Chance. Vamos de regreso”.

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