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La Luna no deseada por el Alfa romance Capítulo 39

Kennedy

Acababa de pasar lo más excitante del mundo y no se lo podía contar a nadie. No podía hablar con los chicos porque se iban a volver locos. Nunca querían escuchar nada sobre mi vida sexual, aunque aquello fuera gran parte de su propio vocabulario. Y tampoco podía decirle a Rayna, porque había sido con su hermano. No iba a querer saber de eso, así como yo no quería escuchar nada sobre Jeremiah. Qué asco.

Estaba tan empapada y me sentía tan sensible allá abajo que tuve que terminar yo sola en la regadera. Había sido casi tan intenso como cuando estaba junto a su balcón, escuchando sus jadeos, sus gruñidos y el sonido de su mano chocando contra su cuerpo.

El gruñido que había resonado en el pequeño espacio que separaba nuestros balcones me provocó un escalofrío que me recorrió toda. Tuve un orgasmo tan fuerte que hasta el roce de mi ropa al caminar de regreso a mi cuarto hizo que me dieran ganas de empezar otra vez.

Luego me quedé acostada en la cama, dando vueltas y vueltas, sintiendo otra vez esa pulsación entre las piernas. No podía dormir, así que hice algo que nunca había intentado, pero que definitivamente iba a repetir. Me puse sobre mis rodillas y usé mi propia mano como si estuviera montando a alguien.

Si aquello seguía así, me iba a quedar sin ropa interior limpia para la noche siguiente. Iba a tener que mantenerme lejos de aquel Alfa alto, moreno y pecaminoso.

Dormí apenas unas horas, pero estaba demasiado inquieta para seguir en la cama después de las cinco, y el entrenamiento especial por invitación no empezaba hasta las nueve.

Supuse que los sábados hasta el Alfa se despertaba tarde. Así que me puse mi ropa de ejercicio, me encimé una sudadera porque era súper friolenta y me daba frío hasta en medio del verano, y decidí que exploraría la manada mientras tuviera oportunidad. Era mejor irme antes de que alguien pensara que necesitaba cuatro escoltas y un guía.

Encontré el comedor mucho más fácil aquella mañana y, de hecho, en esa ocasión sí había desayuno. Todos los Omegas que corrían de un lado a otro fueron muy amables. A pesar del enorme banquete que sirvieron, al menos tres me preguntaron si quería pedir algo especial a la cocina.

Agarré un poco de todo y comí hasta que me cansé, tomándome mi tiempo. Luego me dirigí a la puerta principal. No tenía idea de a dónde iba, pero el sol ya había salido y era una mañana fresca pero muy agradable, así que bajé por el camino de entrada para ver a dónde me llevaba.

Me tomó diez minutos seguidos llegar al final del camino y allí tuve la opción de seguir de frente o ir a la izquierda. Sabía que de frente llegaba al centro de la ciudad, así que decidí ir a la izquierda.

Creía que era la dirección general de los juegos infantiles, y los cachorros eran siempre la mejor forma de conocer a una manada. No tenían ningún filtro y, por lo general, eran directos sin ser groseros. Solo decían las cosas como las veían.

Aquella vecindad era muy bonita para caminar. Habían dejado tantos árboles como fue posible al construir las casas y tiendas. Todo se veía muy natural y acogedor. Todavía era muy temprano en la temporada para que aparecieran los colores del otoño, pero definitivamente estábamos a una mayor altura que en mi hogar anterior.

Eso, junto con el aire fresco, había provocado que algunas hojas cambiaran a tonos verdes claros y amarillos, marcando el inicio de la temporada. Me encantaba poder oler el bosque desde cualquier lugar. Aunque era una manada con mucha población, la naturaleza se sentía presente; no olía a escape de los autos ni al chapopote caliente de las calles. Me sentía muy ligera allí.

Hice bien en ir por aquel camino. Podía ver los juegos a lo lejos, pero en un campo abierto había muchos cachorros jugando futbol. Varios niños más pequeños estaban sentados a un lado, echando porras a sus jugadores favoritos.

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Me acerqué a una niña que tenía una trenza rubia oscura que le caía por la espalda.

—¡Hola! ¿Te importa si veo el juego contigo?

Capítulo 39 1

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