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La Luna no deseada por el Alfa romance Capítulo 45

Kennedy

Muchos de los guerreros que bajaban de sus autos para acercarse al campo de entrenamiento se me quedaban viendo; incluso el Alfa Ryker parecía no entender qué hacía yo con semejante escolta. Él fue más discreto, se quedó de pie junto a su camioneta tomando agua.

Yo evité mirarlo a la cara, porque todavía no sabía cómo sentirme por lo que había pasado la noche anterior. Sin embargo, no pude evitar notar el brillo del sudor en su piel e intenté que mis pensamientos no se distrajeran mientras estaba allí, rodeada de todos esos niños.

—¿Puedes venir a nuestro entrenamiento? —preguntó Emily, logrando que volviera a ponerle atención—. Quiero enseñarte lo buena que soy.

Para demostrarlo, lanzó un par de golpes al aire frente a mí. Me reí.

—No sé qué planes tenga para el resto del día, pero si puedo, te juro que iré a verte.

Rodeó mi cintura con sus bracitos y me dio un abrazo que yo le devolví. Luego les choqué los puños a los niños y me despedí rápido mientras ellos regresaban por donde habíamos venido.

—¿Y tú dónde te habías metido toda la mañana? Todos tratamos de localizarte. —Jeremiah me rodeó el cuello con el brazo para darme un abrazo juguetón y yo me reí.

—Fui a caminar y me encontré a los cachorros, jugamos un partido de fútbol. Ya sabes, lo de siempre.

—No me gusta que te pierdas así de la nada.

—Pues ya, únanme a la manada y así podrán rastrearme como a todos los demás.

Me zafé de su agarre y caminé hacia Greta. Aquella era una discusión de nunca acabar. En alguna ocasión, un anciano había dicho que no era seguro y entonces nadie quería ni siquiera investigar si los humanos soportarían que los marcaran para entrar a una manada.

—Sí, unos rebeldes pensaron que sería un blanco fácil para pedir rescate, porque soy humana —volví a restarle importancia con un gesto.

—¿Y qué les hizo el Alfa Jeremiah cuando te encontró?

Eso. Aquello era lo que me hacía estallar de coraje. No sabía si era porque era humana o mujer, pero esa era la pregunta que todos hacían: “¿Cómo te salvaron?” Noté que dejé escapar un pequeño gruñido de frustración, pero no pude evitarlo.

Mi cara no debió ocultar muy bien mi disgusto ante su pregunta; ella levantó las cejas esperando a que le explicara mi molestia antes de golpearme. Al menos me estaba dando la oportunidad de hablar sin sacar sus propias conclusiones.

—Él no me encontró. Ninguno de ellos lo hizo —me relajé un poco—. Esos tipos pensaron que yo sería demasiado débil para defenderme y solo me amarraron las muñecas con una cuerda vieja y floja. Así que, cuando uno me trajo agua, le di una patada en los dientes y luego lo estrangulé. Después, solo uno vino a ver qué era tanto ruido, así que repetí el proceso. Al final, el tercero sí decidió pelear. Me alcanzó a dar un par de golpes buenos antes de que pudiera someterlo. Solo estuve desaparecida dos días y logré llegar por mi cuenta hasta la frontera, donde la manada me recogió. Era un tema delicado para todos, por eso nadie hablaba de eso.

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