—¡Solo son niños! —gritó Amadeus, el de la capa negra.
Una mujer morena se apartó de la multitud y avanzó hacia los dos hombres que se batían en duelo junto a mí. La niña volvió a animarse y sonrió. No había mostrado el miedo que cualquier criatura sentiría ante la batalla que tenía delante; casi la anhelaba. Al mirarla, noté un parecido con la mujer de verde. El mismo cabello castaño y largo, los mismos ojos oscuros almendrados. Movía los brazos de una manera complicada. El viento había empezado a arreciar y lanzaba escombros y ropa suelta por todas partes, nublándole la vista a todos.
—¡Déjennos! —Su orden resonó por encima del estruendo.
El de la capa verde se acercó a ella.
—Tenemos que deshacernos de todos ellos, Suma Sacerdotisa. ¡Nos atacaron sin que los hayamos provocado! Quieren exterminar nuestro aquelarre y quitarnos nuestra posición —tartamudeó. No era la voz segura que acababa de usar con Amadeus. Ella no había escuchado su conversación anterior.
—¡No! No voy a matar a nadie —le dijo al de la capa verde—. ¡Detente! —le gritó a Amadeus.
Antes de que él pudiera responder, un humo negro y espeso envolvió a todos y el calor de las llamas lamió el claro del bosque. Se escuchaban más hechizos y gritos, como si alguien hubiera subido el volumen de la batalla, ya de por sí ruidosa. La Suma Sacerdotisa centró su atención en proteger a quienes estaban en la línea directa del fuego.
El de la capa verde le sonrió con desprecio a Amadeus.
—Ya no están, no volverán jamás.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Luna no deseada por el Alfa