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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 106

Cuando terminó de hablar, todos se quedaron boquiabiertos.

Andrés frunció el ceño.

—Benjamín, ¿no escuchaste lo que dijo Magda?

El pulgar de Benjamín acarició el dorso de la mano de Josefina antes de mirar a Andrés.

—Don Andrés, ya es tarde y no es buen momento para hablar de esto —dijo con calma—. Primero llevaré a Jose a descansar, y mañana por la mañana regresaremos a ver a doña Jimena.

Luego, clavó la mirada en el rostro de Magdalena, con el ceño fruncido.

—Saliste con mucha prisa. ¿Dónde está Alberto?

Magdalena se quedó con la boca abierta, sin saber qué responder al principio.

«Después de todo lo que acabo de decir... ¿solo le preocupa Alberto?».

Sin embargo, como en ese momento no podía darse el lujo de hacer un berrinche, intentó calmarse.

—Cuando salí, Alberto ya se había quedado dormido —logró articular.

—Regresa a casa. Si Alberto despierta y no te ve, seguro va a llorar del susto —respondió Benjamín con un tono bastante plano—. Apenas tiene tres años, deberías cuidarlo más.

Magdalena se mordió el labio.

—Pero... mi mamá sigue inconsciente...

—Quedarte aquí velándola no hará que despierte, al contrario, solo interrumpirás su descanso —la cortó Benjamín, ahora con más frialdad.

De pronto, una presencia intimidante emanó de él, haciendo que el ambiente se volviera tan tenso que nadie se atrevió a refutarle.

Sin más, Benjamín tomó la mano de Josefina y salieron de la habitación.

Esta vez, ella no forcejeó.

Un destello de complejidad e ira reprimida cruzó por los ojos de Benjamín, aunque desapareció rápidamente.

Josefina estaba cien por ciento segura de que había sido ella quien salvó a Benjamín.

Pero no confiaba en él.

Él trataba muy bien a Magdalena, e incluso a su hijo.

«¿Y si realmente llega a dudar de mí?».

Si él llegara a negar todo su sacrificio, ¿qué iba a hacer?

Al salir del hospital, el viento nocturno soplaba con fuerza, trayendo un frío que le caló hasta los huesos y la hizo temblar de forma involuntaria.

El carro estaba estacionado justo en la entrada.

Como Benjamín guardó silencio, Josefina sintió un nudo en la garganta y una presión terrible en el pecho.

Se mordió el labio con fuerza, esforzándose al máximo por contener las lágrimas.

Finalmente, el coche se detuvo en la entrada de su privada residencial.

Solo entonces, su profunda voz resonó en el interior:

—Jose, yo ya estaba inconsciente en ese momento, así que, la verdad, no tengo idea de quién fue la persona que me salvó.

¡Josefina sintió un pinchazo directo en el corazón!

Se quedó pasmada por unos instantes al recordar bien los detalles.

Tenía razón.

Cuando por fin logró encontrarlo, él ya había sido aplastado por los escombros y, por más que le gritó, no obtuvo ni una sola respuesta.

Efectivamente, estaba desmayado.

Por lo tanto, era totalmente normal que tuviera dudas.

Aun así, no podía soportar su reacción.

Ese bloque de concreto estaba pesadísimo. Tuvo que usar toda su fuerza; se rasgó las manos, se cubrió de tierra y mugre, e incluso ignoró cómo caían las piedras, los pedazos de pared y las vigas a su alrededor. Lo único que le importaba era él; solo quería sacarlo de ahí con vida.

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