Benjamín posó su mirada profunda sobre ella y su voz se endureció de golpe:
—¿Qué estás insinuando?
Magdalena se puso de pie, le echó un vistazo rápido a Josefina y soltó: —¿Qué pasaría si te digo que la que te salvó aquel día... no fue ella?
—¿Qué estupideces estás diciendo? —Josefina la miró como si hubiera perdido la cabeza—. ¿Me vas a salir con el cuento de que fuiste tú?
Magdalena la ignoró por completo; sus ojos estaban clavados en Benjamín, analizando hasta el más mínimo tic en su rostro.
Pero no notó nada.
Benjamín mantenía ese aire imperturbable. Su mirada, oscura e insondable, impedía adivinar lo que le pasaba por la mente.
Después de un rato de incómodo silencio, a Magdalena le ganó la ansiedad y decidió soltarlo:
—La verdad es que... quien te salvó ese día fui yo.
Apenas terminó de hablar, se quedó viéndolo con un nerviosismo brutal. Hasta le sudaban las manos.
Si la relación entre él y Josefina había comenzado únicamente por pura gratitud...
¿Qué pasaría si descubría que su salvadora siempre había sido otra persona?
¿Cuál sería su reacción?
¿Acaso no llegaría a la conclusión de que desperdició años amando a la mujer equivocada?
—¡Ya cállate con tus mentiras!
Josefina estalló al escuchar tremenda desfachatez. ¡Jamás imaginó que llegaría a inventar semejante barbaridad! Perdió los estribos y se le fue encima, ¡con ganas de arrancarle la piel a tiras!
¡Esto ya era el colmo del descaro!
El temblor de aquel año los agarró de improviso. Ella había logrado salir a tiempo, pero al no ver a Benjamín por ningún lado, el pánico le borró el miedo y se metió de nuevo al edificio mientras todo se venía abajo. Fue entonces cuando lo encontró atrapado bajo una enorme losa de concreto.
Josefina no daba crédito: —¡Eres una hipócrita! ¡No fuiste tú, fui yo!
—Jose... todos estos años te he pasado todas las faltas de respeto y las majaderías —Magdalena adoptó una expresión compasiva—. Pero si vas a seguir usándome de tapete, creyéndote la dueña de Benjamín por un favor que ni siquiera le hiciste... entonces, ya no tengo motivos para seguir callando.
—¡No te cansas de decir mentiras! —con los ojos enrojecidos de furia, Josefina explotó.
Presa de un ataque de pánico que surgió de la nada, buscó la mirada de su esposo: —Por favor, Benjamín, no dejes que te lave el cerebro.
El semblante de Andrés era la definición gráfica de la amargura. Le dirigió a Josefina una última mirada desdeñosa: —Todo el tiempo andas molestando a Magda, y ahora resulta que hasta le quieres robar el mérito de haber salvado una vida. Ya ni sé de qué otras bajezas eres capaz. Me das pena.
Tras su brillante actuación, Magdalena se dedicó a esperar la reacción de Benjamín. Sin embargo, conforme avanzaban los segundos, esa confianza inicial empezó a tambalearse.
¿Por qué no decía nada?
El ambiente en el cuarto de hospital era asfixiante.
Rompiendo toda la tensión del momento, Benjamín apretó con cariño la mano de Josefina y le preguntó con extrema suavidad: —¿Ya te cansaste?

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