Josefina lo miró con indiferencia, con sus ojos claros y serenos.
—¿Y acaso yo te pedí que me esperaras?
Benjamín se acercó a ella sin hacer caso a su tono.
—Tenemos que hablar de lo que pasó en el terremoto.
La expresión de Josefina se volvió sombría al instante, y lo clavó con la mirada.
—¿Qué quieres decir? ¿Acaso no me crees?
Benjamín le lanzó una mirada de reojo al administrador.
—Ya puedes retirarte.
—Sí, sí, con permiso... —asintió el administrador apresuradamente antes de huir.
Luego, Benjamín volvió su atención hacia ella.
—¿Entramos para hablar?
Con los labios apretados y muy mala cara, Josefina abrió la puerta. Sentía en su interior una amarga sensación de traición.
Sin embargo, no pudo evitar pensar en el lugar tan especial que Magdalena ocupaba en la vida de él; le creía cualquier cosa que le dijera.
¡Qué ironía!
Al abrir la puerta, entró con el rostro serio, se sentó en el sofá y lo fulminó con una mirada glacial.
Benjamín desbloqueó su celular y le puso un video.
Era la grabación que Valentín había obtenido de un testigo durante su investigación. En el video, el hombre recordaba la escena del terremoto mientras Valentín le mostraba dos fotografías. Las examinó con atención, con un gesto reflexivo, y después de un rato, señaló la foto de Magdalena con cierta duda.
—Había mucho pánico en ese momento, pero recuerdo que una muchacha regresó corriendo y sacó a un muchacho de debajo de una losa de concreto. Era una situación crítica y yo estaba aterrorizado, pero esa escena se me quedó muy grabada en la memoria.
—¡Eso es imposible!
Josefina agarró el celular con fuerza, y lo negó todo con un semblante furioso.
Miró a Benjamín y sentenció:
—Seguro Magdalena contrató a este hombre para dar un falso testimonio. Ella es capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya.
Benjamín, sentado en diagonal frente a ella, clavó sus oscuros ojos en su rostro.
Esa frase pareció derrumbar la última barrera de resistencia que le quedaba. Se abalanzó hacia él, lo agarró del brazo e intentó empujarlo hacia la salida.
—¡Ya que dices que te mentí, entonces supongamos que te mentí! Mejor para los dos. ¡Nos divorciamos y no nos volvemos a ver jamás!
Pero Benjamín no se movió. Con un movimiento ágil, le agarró la muñeca, tiró de ella y la acercó a su pecho. Pasó su enorme mano por su cintura y la aprisionó contra él.
—Si confiesas que me engañaste, ¿cómo esperas que te deje ir tan fácil? Jose, llevamos ocho años juntos, conoces perfectamente cómo soy —le advirtió Benjamín en voz baja y pausada. En su atractivo rostro seguía sin notarse ni rastro de enojo o de alegría.
Josefina abrió los ojos de par en par, sorprendida.
—¿A qué te refieres?
Benjamín se inclinó hacia ella, con una mirada cada vez más oscura e intensa.
—Me mentiste durante ocho años, ¿no crees que debo cobrártelo? Quieres el divorcio, así que no voy a darte el gusto. A eso se le llama venganza, ¿no te parece?
—¡Eres un imbécil!
Josefina perdió el control por completo y levantó la mano para darle una bofetada.
Sin embargo, él pareció adivinar sus intenciones. Le agarró la muñeca en el aire y le torció el brazo detrás de la espalda con firmeza.

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