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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 120

Esa acción tan dominante de parte de él le impidió zafarse; la fuerza bruta que usaba la hacía sentir muy incómoda.

Él se acercó de nuevo y le dio un beso muy superficial en la comisura de los labios.

—Jose, ¿cómo pudiste mentirme?

Su tono de voz era ligero, sin el más mínimo rastro de furia.

Apenas terminó la frase, la besó profunda y agresivamente.

—¡Mmh!

Josefina forcejeó para intentar zafarse, pero en el segundo siguiente, él la hizo girar y la acostó de espaldas en el sofá. Presionó las piernas de ella con las suyas y le sujetó las manos por encima de la cabeza, besándola sin control.

Esa aparente calma se había esfumado, revelando su verdadera naturaleza, salvaje y apasionada, como un fuego dispuesto a derretirla.

Pero ella no quería eso.

Él había dicho que lo había engañado.

¡Pero no era verdad!

¡Su memoria no le fallaba!

En aquel entonces, ¡había sido ella quien lo salvó!

Y ahora, no solo desconfiaba de su palabra, sino que pretendía vengarse de ella.

¿Cómo se atrevía a portarse así?

Llevaban ocho años juntos, ¡ocho años enteros!

¿Acaso no se daba cuenta, no sentía el amor que le profesaba?

Y sin embargo, por ese incidente, ahora buscaba venganza.

Josefina sintió cómo su corazón se partía en mil pedazos; el dolor latía tan fuerte que cualquier roce la hacía temblar de pies a cabeza.

Aun así, él la forzó a sucumbir a las sensaciones.

Aquélla era una tortura insoportable.

La respiración se volvió más errática, y la ropa terminó desparramada por el suelo en completo desorden.

Con el aliento ardiendo, Benjamín la cargó en brazos rumbo al baño. Mientras el agua caía sobre ellos, la acorraló contra los fríos azulejos de la pared.

Ese choque de hielo y fuego no la dejaba parar de temblar.

Aún intentaba oponer resistencia, pero el cansancio la venció, y sus forcejeos parecían más bien provocaciones.

Benjamín perdió el control y la hizo suya una y otra vez.

Se hizo de nuevo el silencio en la habitación.

Al día siguiente, Josefina despertó con dolor de garganta, así que se tomó una pastilla para refrescarla y de inmediato se sintió mejor.

Sin embargo, por temor a que el malestar le afectara en el trabajo, decidió tomar un par más.

Justo en el momento en que abría el frasco para sacar las pastillas, Benjamín la sorprendió.

Él se acercó a paso rápido, le agarró la mano con fuerza, y su rostro se tornó sombrío sin razón aparente.

—¿Qué estás tomando? ¿Son pastillas anticonceptivas?

Josefina lo miró perpleja; su enojo en ese instante parecía superar al de la noche anterior.

—¡Me estás lastimando! —se quejó ella, con el ceño fruncido.

Benjamín aflojó un poco el agarre y fijó la mirada en el envase, leyendo la etiqueta.

Su expresión se volvió extraña. Le dirigió una mirada cargada de intensidad y se dio la media vuelta para irse.

Josefina no pudo contenerse y le soltó:

—¿Para qué querría tomar pastillas anticonceptivas contigo? Tu vasectomía ya es un secreto a voces.

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