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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 132

—Jose, estos aretes son los que siempre he soñado tener. No voy a permitir que te los quedes solo por un pretexto inventado —le soltó Magdalena, mirándola fijamente mientras aguantaba el dolor del golpe.

Josefina sintió que le ardía la sangre del coraje; tenía los ojos inyectados en ira.

De la nada, agarró a Magdalena del cabello para inmovilizarla y, de un rápido movimiento, ¡le arrebató el estuche de las manos!

—¡Devuélvemelo!

Magdalena soltó un grito de pánico, pero Silvia la empujó lejos.

—¿Cómo que te lo devuelva? ¿Acaso no lo compró Benjamín? ¡Eso le pertenece al matrimonio, es su patrimonio! ¿Con qué cara te atreves a reclamarlo? —Silvia aprovechó el empujón para acomodarle otra bofetada.

Magdalena quedó en un estado lamentable: el cabello revuelto, las mejillas rojas e hinchadas. Si alguien pasara por ahí, juraría que ella era la pobre víctima.

Entonces rompió a llorar amargamente.

—¡Te lo suplico, Jose, déjamelos! De verdad son importantes para mí. Eran de mi abuelo... se perdieron hace muchos años. Me costó tanto trabajo encontrarlos, solo quiero cumplir su última voluntad.

Josefina abrió el estuche de terciopelo. Los zafiros brillaban intactos en el interior. Volvió a cerrarlo de golpe y, sin dirigirles ni una sola mirada más, dio media vuelta y se marchó.

Silvia fue tras ella al instante.

—¡Josefina!

Magdalena estaba devastada y quiso ir detrás de ellas, pero con las fachas que traía, solo iba a hacer el ridículo si salía a la calle.

Dirigió una mirada de total desamparo a Benjamín.

—Benjamín, ¿ahora qué hago? Era el único recuerdo de mi abuelo, tardé tanto en dar con él...

Él frunció el ceño. Tras haber presenciado todo el alboroto, una marea de emociones confusas y pesadas se arremolinaba en sus ojos.

Pasó un largo rato antes de que pudiera pronunciar palabra.

—Lo siento. Más adelante veré cómo compensarte de otra forma.

Magdalena agachó la cabeza, ahogada en llanto, pero un brillo malicioso cruzó su mirada.

«¿Creía que con eso estarían a mano?»

«¡Ni en sus sueños!»

Empujó la puerta de cristal y se acercó a hablar con el mesero. Usó un tono de voz perfectamente calculado, ni muy alto ni muy bajo, justo para que los de aquella mesa la escucharan.

Benjamín volteó de inmediato, clavando su oscura mirada en el rostro de ella.

Josefina le dedicó una sonrisa cargada de provocación antes de seguir al joven hacia la zona privada del restaurante.

Por su parte, Silvia les pintó dedo y murmuró algo que, por el movimiento de sus labios, seguro no era una bendición.

Al ver la escena, Magdalena se mordió el labio con actitud lastimera.

—Benjamín, no entiendo por qué Jose siempre me toma a mal todo. Jamás he hecho nada para lastimarla.

—Tú empieza a comer —le respondió él, cortante.

Y sin más, se levantó de la silla y caminó en la misma dirección por donde ellas habían desaparecido.

Josefina había ido al baño. Al salir, se topó de frente con Benjamín. Estaba parado a unos metros, con esa postura impecable y un aura que imponía respeto a su alrededor.

Al escuchar los pasos, él giró la cabeza y posó sus ojos en ella.

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