Una chispa de alerta cruzó por la mirada de Josefina de inmediato.
«¿Había venido hasta aquí nada más para acorralarla?»
«No me digas que... ¿quería quitarle los aretes para complacer a Magdalena?»
Con todos los músculos en tensión, empezó a caminar hacia la salida.
Su primera intención fue pasar de largo como si él fuera invisible.
Sin embargo, el pasillo estaba demasiado estrecho. Con lo alto que era, le bastó con dar un pequeño paso para bloquearle el paso por completo.
Ella le clavó unos ojos cristalinos llenos de sarcasmo.
—¿Qué quieres? ¿Ya te aburriste de cenar con la otra?
Benjamín frunció esas cejas tan marcadas que tenía, y su rostro atractivo pero severo adoptó un semblante más apático.
—Hablar así solo te hace daño a ti misma. ¿Qué necesidad tienes de decir eso?
—¿Acaso dije alguna mentira? —El tono de Josefina se volvió aún más mordaz—. ¿A qué veniste?
Con la mirada más oscura y fija que nunca, Benjamín metió la mano al bolsillo del pantalón, sacó un pequeño estuche y se lo ofreció.
Josefina le echó un vistazo rápido, pero no hizo ni el ademán de agarrarlo; simplemente lo fulminó con indiferencia.
—¿Qué significa esto?
Él no esperó más, le agarró la mano y le puso el estuche a la fuerza en la palma.
—Jose, solo quiero saldar la deuda que tengo con ella. Me salvó la vida.
—¡Fui yo la que te salvó!
Josefina aventó el estuche al piso sin dudarlo. Todo rastro de sarcasmo se borró de su rostro, dejándola en un estado de crispación absoluta.
Él apretó la mandíbula.
—Mandé a investigar todo al detalle, Jose. Sí le salvaste la vida a alguien ese día, pero no fui yo.
—¡No digas mamadas!
Josefina se negaba rotundamente a tragarse ese cuento.
¡Ella recordaba todo con lujo de detalle, era él al que había salvado!
Y ahora resulta que idolatraba a Magdalena como si fuera su ángel guardián.
Y que se iba a desvivir por cumplirle todos sus caprichos.
¡Qué pinche burla!
Tomó una gran bocanada de aire para obligarse a mantener la calma, y luego sentenció:
—Mira, Benjamín. Si hay algo que yo quiero, prefiero hacerlo pedazos y tirarlo a la basura antes que dejárselo a Magdalena. Y ni se te ocurra pensar que vas a poder quitármelo para dárselo a ella.
Dicho esto, pasó por su lado y lo dejó atrás sin mirar atrás.

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