Era obvio que ya había divisado el coche de Josefina, porque se le quedó viendo con una mirada que echaba chispas.
Ella ni siquiera hizo el amago de detenerse; se siguió de largo hasta el estacionamiento.
A los pocos segundos, el celular empezó a vibrar. Miró la pantalla de reojo y le colgó sin más.
«Ni de chiste me bajo. Es más que evidente que viene a armar pleito, ¿para qué me pongo de pechito a que me regañe?»
Una sonrisa cargada de burla se asomó a sus labios.
Que Andrés la estuviera cazando a esas horas de la madrugada, ¿sería por culpa de Magdalena?
¿Otra vez había ido de chismosa a llorarles?
Qué hueva de gente.
Josefina se dio un baño rápido y se metió a la cama, lista para dormir.
Justo entonces, unos golpeteos resonaron en la entrada.
Frunciendo el ceño, se acercó al monitor del videoportero. En la pantalla, captó clarito a Andrés, flanqueado por el administrador del condominio.
Su expresión se volvió de hielo en un segundo.
¿Acaso ahí dejaban entrar a cualquier pelagatos?
¿Quién diablos les había dado permiso de subir?
La seguridad de ese lugar era un chiste. Definitivamente tenía que buscarse otro lado para vivir.
El timbre no paraba de sonar. Con cada minuto que pasaba, el semblante de Andrés se volvía más agresivo.
—Señor —intervino el administrador—, lo más probable es que su hija ya esté dormida. ¿Por qué no le echa una llamadita o mejor regresa mañana?
—Abre la puerta de una vez —ordenó Andrés con voz grave.
El rostro del administrador se contorsionó en una mueca de pura incomodidad.
—Híjole, señor, eso sí no se va a poder. Nosotros no tenemos la autoridad para andarle abriendo los departamentos a los inquilinos así nomás.
—¡Soy su padre! —rugió Andrés—. Vine a ver a mi propia hija, ¿acaso me lo van a prohibir?
El administrador no sabía ni dónde meterse de la pena.
El ambiente estaba a punto de reventar.
Hasta frío estaba sudando el pobre hombre.
A leguas se notaba que ese señor venía a buscar bronca, y a los del personal les tocaba pagar los platos rotos.
Andrés soltó un manotazo contra la madera.
Ella lo escrutó con frialdad.
—La verdad sí, hasta que te la pasaste dándole siempre la preferencia a Magdalena Salinas. Ahí se me fue olvidando.
—¡Su apellido ahora es León!
Josefina se encogió de hombros.
—Para mí, seguirá siendo Magdalena Salinas de toda la vida.
Hizo una pausa y lanzó la pregunta:
—Tengo mucha curiosidad... ¿Por qué la tratan como si fuera la reina de Inglaterra? ¿Cuál es el motivo? Si hubieran adoptado a un niño, mira, te la compro, machismo y lo que tú quieras. Pero trajeron a otra niña y, por alguna razón, ustedes dan la vida por ella. Es algo que, por más que le doy vueltas, no me entra en la cabeza.
Andrés ignoró su cuestionamiento por completo y fue al grano.
—¿Le arrebataste a Magdalena sus aretes de zafiro, sí o no? ¡Dámelos!
—¿Cómo que arrebaté? —Josefina enarcó una ceja—. Benjamín los compró en la subasta y me los dio a mí. ¿Por arte de magia ahora le pertenecen a la señorita Magdalena Salinas?
Andrés se dejó caer en el sofá; un destello de hartazgo y cansancio asomó por su mirada.
—Jose, ya madura, por el amor de Dios. Si ella los quiere, dáselos y ya. Son unos malditos aretes, ¿por qué armar tanto alboroto?
—Pues porque se me da la gana armar alboroto —sentenció Josefina con el rostro tenso y gélido—. ¿Por qué tengo que cederle todo lo que ella pida? Yo también los quiero. ¿Por qué ella no puede ceder de vez en cuando? Se la pasa diciendo que es la mayor, pero ¿acaso se comporta como tal?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...