El cuerpo necesitaba tiempo para limpiar el anestésico del sistema.
Al cabo de un rato, Josefina se quedó profundamente dormida.
El hospital estaba en absoluto silencio y un olor a desinfectante flotaba en el ambiente. Pasadas las diez de la noche, el celular de la joven empezó a sonar.
Se despertó sobresaltada e hizo un movimiento para contestar, pero Benjamín se le adelantó y contestó la llamada él mismo.
—Ya está dormida —dijo, con un tono grave y cortante, e inmediatamente colgó.
Josefina todavía estaba algo aturdida por los sedantes.
—Pásame el celular —pidió.
Benjamín la ignoró. Dejó el aparato sobre la mesa de noche.
—Tú vuélvete a dormir.
Ella estiró la mano para intentar alcanzar su celular.
Sin previo aviso, él se levantó de la silla, levantó las sábanas de la cama y se acostó de lado, apretándola contra su pecho y envolviéndola en un abrazo.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Bájate, es una cama individual! —exclamó Josefina, espantada, empujándolo con ambas manos.
Benjamín la sometió suavemente para que dejara de moverse y cerró los ojos.
—¿En serio piensas dejarme sentado en una silla toda la noche? ¿No te doy un poquito de lástima?
Josefina soltó una carcajada irónica.
—La puerta está muy abierta. Yo nunca te pedí que te quedaras.
—Ah, no. De ninguna manera —respondió él, aferrándola con más fuerza—. No me da nada de confianza dejarte sola en un hospital.
El calor de su cuerpo traspasó la ropa, rodeándola con una firmeza abrumadora que no le dejaba espacio para oponer resistencia. Él ni siquiera se había molestado en preguntar si ella estaba de acuerdo.
Josefina no tenía fuerzas para luchar. Con los latidos de Benjamín resonando a centímetros de su oído, giró el rostro hacia la ventana. La tristeza y la impotencia volvieron a acumularse en su pecho, amagando con desbordarse.
Justo en ese instante, el tono de llamada volvió a romper el silencio.
Esta vez, no era el teléfono de ella.
Era el celular de él.
Benjamín sacó el dispositivo de su bolsillo, frunció el ceño al ver la pantalla, pero de todos modos contestó:
—¿Bueno?
—¡Benjamín, no encuentro a Alberto! —gritó Magdalena al otro lado de la línea, con la voz ahogada por la desesperación.
Esa excesiva calma hizo que a él le entrara un nudo en el estómago.
Guiado por el instinto, le agarró la mano.
—Nada más encuentro a Alberto y me regreso.
Josefina no se inmutó en lo absoluto.
Él quiso acercarse para darle un beso en el dorso de la mano.
Sin dudarlo, Josefina retiró la mano de un jalón y se volteó hacia el lado contrario, dándole la espalda.
Fue como si le hubieran encajado un cuchillo en el pecho. Benjamín sintió una punzada sorda y dolorosa que lo dejó sin aliento.
A pesar de todo, la seguridad de Alberto era la prioridad y no podía arriesgarse a que le pasara algo.
Le dedicó una última mirada profunda antes de salir apresurado del cuarto.
El clic de la puerta al cerrarse dejó la habitación sumida nuevamente en el silencio.
Ese escaso rastro de calor que él le había dado fue apenas una ilusión pasajera que se esfumó en un parpadeo.
Aunque Josefina mantenía los ojos cerrados, las malditas lágrimas se le escaparon y le escurrieron por las mejillas. Se odió con todas sus fuerzas por ser tan débil, pero le fue imposible frenar ese dolor traicionero.

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