De buenas a primeras, se sentó de golpe en la cama, se arrancó la aguja del brazo, se puso su chamarra y abandonó las instalaciones del hospital.
Pidió un taxi a través de su celular para regresar a su casa. Estar rodeada de sus propias cosas y en su espacio seguro la ayudó a calmar un poco la opresión que sentía en el pecho.
Se dio un buen baño de agua caliente, se metió a las cobijas y poco a poco el cansancio la venció. Al menos su cuerpo encontraría la forma de recuperarse durante el sueño.
***
La madrugada ya estaba avanzada.
El parque estaba lleno de personas que iban de un lado a otro con linternas, buscando en todas direcciones.
Valentín revisaba un iPad con las grabaciones de las cámaras de seguridad. La última vez que captaron a Alberto fue cerca de la zona de juegos infantiles.
Se le veía caminar hacia la parte trasera del carrusel y, a partir de ese punto, se perdía su rastro.
Ya había varios hombres peinando esa área.
Cuando Benjamín llegó al lugar, Magdalena se aferró a su brazo. Le temblaba todo el cuerpo.
—Todavía no aparece... ¡Benjamín, dime qué vamos a hacer!
—Pues hay que hablarle a la policía —sentenció él.
Magdalena se quedó paralizada por un segundo, pero luego asintió a toda prisa.
—Sí, sí... Tienes razón. Se me había bloqueado la mente. Ahorita mismo marco al 911.
Temblando de los nervios, sacó su celular e hizo la llamada de emergencia.
Benjamín agarró el iPad de las manos de Valentín para revisar él mismo los videos.
Un momento después, le regresó el dispositivo a su subordinado y arrancó a caminar en una dirección en específico.
El parque estaba en penumbras. Aunque las lámparas públicas estaban encendidas, la espesura de los árboles bloqueaba buena parte de la iluminación.
Había varios rincones sumidos en una oscuridad total.
El área de los juegos era bastante extensa. Benjamín se paró justo frente al carrusel, echó un vistazo a ambos lados y luego desvió su camino hacia el extremo opuesto.
A lo largo de ese sendero pasó junto a las tazas giratorias, una pequeña montaña rusa y un barco pirata.
Al fondo se encontraba la atracción de la Casa de la Calabaza.
La boca de la calabaza permanecía abierta y por la parte de atrás salía la estructura de una resbaladilla.
En la noche, la boca se cerraba con una compuerta por precaución, para evitar que algún niño curioso se metiera a oscuras y terminara lastimándose.
En esas fechas, además, la atracción se encontraba en mantenimiento y estaba rodeada por una cerca perimetral.
Toda esa área carecía de iluminación.
Benjamín no lo dudó un segundo; se brincó la malla de seguridad y avanzó hacia la estructura.
—¡Mi vida! ¿Pues a dónde te metiste? ¡Casi me muero del susto! Me tenías loca buscando por todas partes, no me vuelvas a hacer esto por favor...
—Ya, vete calmando. Mejor regresemos de una vez —ordenó Benjamín con un tono grave. Dicho esto, reanudó la marcha hacia la casa de ella con paso acelerado.
Pero en cuanto Alberto escuchó eso, se puso a negar con la cabeza de manera frenética.
—¡No quiero, no!
Benjamín frenó en seco.
—¿No quieres ir a tu casa?
El niño seguía llorando, al grado de que el cuerpo entero le daba pequeños tirones.
—Tío Benjamín, vámonos. Llévame contigo.
Benjamín se dio cuenta de que el pánico del chamaco era genuino.
—Está bien, te vienes conmigo a mi casa —concedió al final.
Solo hasta que recibió esa respuesta, Alberto empezó a sosegarse.
Magdalena caminaba detrás de ellos en silencio.
Cuando llegaron y la camioneta se estacionó afuera del Residencial Valle Niebla, un brillo indescifrable asomó en la mirada de ella por una fracción de segundo, aunque rápidamente lo disimuló y recobró la compostura.

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