Mauro no se hizo del rogar y aceptó con una sonrisa:
—Siendo así, no te puedo decir que no.
Josefina condujo hasta uno de sus restaurantes favoritos.
Pidió las especialidades del lugar y luego miró a Mauro.
—¿Se te antoja algo más?
Mauro revisó la mesa.
—Creo que con esto es más que suficiente. Como voy a vivir aquí de planta, tendré tiempo de probar todo con calma.
—Me parece perfecto.
Josefina asintió y dejó que el mesero se retirara.
Lo miró y fue directo al grano:
—¿No ibas a comentarme algo sobre Magdalena anoche?
Con todo el caos que armaron de repente, el tema había quedado en el aire.
Precisamente, una de las razones de invitarlo a cenar era poder preguntarle sobre eso.
Mauro le explicó:
—Me dijo que quería renunciar. Entiendo que ustedes dos son parientes, ¿no? Quería preguntarte si sabes por qué se quiere ir.
Josefina arqueó las cejas, totalmente sorprendida. Magdalena había movido cielo y tierra para pegarse a ella y fastidiarle la existencia, ¿y ahora resultaba que quería renunciar?
Por supuesto que no se lo tragaba ni de broma.
—No tenemos mucho trato —respondió sin titubear.
Mauro asintió, un poco decepcionado.
—Ya veo. Pensé que a lo mejor tú tendrías alguna idea.
Josefina dio un sorbo a su vaso de agua, con la mente hecha un lío.
—Tengo una duda, pero si no quieres, no me contestes —Mauro volvió a hablar, esta vez con una expresión algo más vacilante y curiosa—. ¿Qué relación tienes con ese... con el director Gutiérrez?
Lo había visto esa tarde en la oficina.
Y, por supuesto, lo había reconocido como el mismo hombre que apareció la noche anterior.
Era la misma persona que se había llevado a Josefina.
A simple vista se notaba que no eran simples conocidos.
—¡Perdón! —Josefina levantó las manos en señal de paz—. Tienes razón, la verdad es que no estoy muy enterada de los precios. Mejor contrata a un buen agente inmobiliario para que te asesore.
Mauro le dio la razón con una mueca.
—Ya lo hice.
La comida no tardó en llegar. El ambiente entre ambos era bastante agradable; Mauro mantenía su distancia con cortesía, era fácil platicar con él y te miraba directo a los ojos, con total transparencia.
Josefina la estaba pasando muy bien.
Lástima que esa tranquilidad se esfumó en un abrir y cerrar de ojos.
—Tía.
Una voz infantil y tímida la llamó de pronto. Sonaba algo asustado, pero como si alguien lo hubiera obligado a saludar.
Josefina apretó un poco el tenedor. No quería levantar la vista; prefería fingir que no había escuchado nada.
Sin embargo, el hombre que cargaba al niño ya se había acercado y se estaba sentando justo a su lado.
—Alberto te está saludando. Si lo ignoras siempre, obvio que te va a tener más miedo —comentó Benjamín con tono de resignación.
Josefina soltó el tenedor, volteó y lo fulminó con la mirada.
—¿Me estás siguiendo?

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