Josefina lo entendió y asintió.
—Pues nada más andate con cuidado, no te confíes.
—Lo tendré en cuenta —respondió Manuel, tan sereno como siempre.
De repente, la puerta de la habitación se abrió de par en par y Benjamín ingresó al cuarto.
Traía amarrado un mandil a la cintura. Sus imponentes ojos se fijaron directamente en ella.
—Jose, si ya te despertaste, bájate a cenar.
No alzó tanto la voz, pero utilizó el volumen exacto para asegurarse de que el tipo al otro lado de la línea lo escuchara con toda nitidez.
Manuel se calló un momento y dedujo la situación.
—Bueno, entonces te dejo cenar tranquila. Ya nos pondremos de acuerdo después.
—Órale pues —contestó Josefina y colgó la llamada de inmediato.
Sin molestarse en prestarle atención a Benjamín, se bajó de la cama y enfiló rumbo al baño.
Buscó una muda de ropa limpia bajo su mirada escrutadora, pero como él no dijo nada, simplemente pasó de largo.
Después de echarse un buen baño de agua tibia y sentirse mucho más despabilada, bajó las escaleras. Vio los platos servidos justo al centro de la mesa del comedor.
Benjamín aguardaba sentado en la sala, texteando y respondiendo asuntos desde el celular.
Pero ella apenas se dignó a voltear hacia esa dirección y retomó su camino directo hacia la puerta principal de la casa.
—Jose —advirtió Benjamín al ver cómo se disponía a huir.
Josefina ignoró la advertencia, acelerando la caminata, pero en cuanto jaló la manija y abrió la puerta hacia afuera, se encontró de cara con dos inmensos guardaespaldas bloqueando la salida.
El coraje se le subió a la cabeza en menos de un segundo.
—¿Se puede saber de qué se trata esto? —se volteó hacia la sala, taladrándolo con una mirada rebosante de odio.
Benjamín apartó la vista del teléfono.
—Simplemente quería compartir la cena contigo. Tienes el derecho a ignorarme durante toda la velada, pero tienes que comer algo.
Josefina apretó sus manos a los costados.
¡Por supuesto que había calculado que ella trataría de irse sin decir nada y por eso dejó a sus gorilas vigilando el perímetro exterior!
¡Maldito manipulador de lo peor!
Las tripas le rugieron por lo bajo para exigirle su tributo. Y, la verdad sea dicha, no ganaba nada matándose de hambre por un berrinche.
Regresó sobre sus pasos, aventó una silla, tomó asiento junto a los platos y empezó a pinchar la comida con el tenedor a una velocidad amenazante.
Benjamín relajó el gesto de superioridad de su rostro al presenciar su rendición.
A pesar de que tuvo que obligarla por las malas a quedarse con él, ya no importaba.
Josefina no levantó la mirada y siguió masticando las porciones sin reflejar ni un rastro de emoción en su semblante.


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Comentarios
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