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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 192

Aunque su tono se había tranquilizado, sus palabras ahora cargaban con una firmeza absoluta.

Benjamín apretó instintivamente sus brazos alrededor de ella.

Tan aferrada al maldito divorcio.

Quería divorciarse a como diera lugar.

Una llamarada de ira incomprensible estalló dentro de su pecho. Analizó sus facciones por un instante, bajando la mirada hasta clavarla en sus labios.

Había dejado de resistirse, pero sus labios seguían ligeramente pálidos, desprovistos del rojo vibrante que solían presumir a diario.

Sin pensarlo, se inclinó y la besó abruptamente.

Las pupilas de Josefina se dilataron al máximo y alzó ambas manos para apartarlo del pecho.

Pero el beso la asaltó con la brutalidad de una tormenta.

Mordisqueó su labio y, en el preciso instante en que ella jadeó sorprendida, aprovechó para colarse con su lengua.

Estimuló cada uno de sus sentidos, adueñándose tanto de su respiración como del dulce sabor que emanaba.

Sus alientos terminaron por fusionarse en uno solo.

Después de un largo e intenso rato, por fin le dio un respiro. Al ver la hinchazón y el tono rubicundo que ahora teñían sus labios, la furia dentro de su cabeza pareció haberse apaciguado un poco.

Josefina, con los ojos inyectados en sangre, levantó el brazo dispuesta a cachetearlo.

Pero el hombre la detuvo en el aire con suma facilidad, le bajó el brazo y se lo inmovilizó de nuevo.

—Jose, entiéndelo, no me voy a divorciar de ti.

Se recostó a un lado de ella, rosando la punta de su nariz cariñosamente contra su mejilla.

—Después de todo, tú me prometiste que íbamos a pasar el resto de la vida juntos.

Josefina cerró los ojos, parpadeando con evidente nerviosismo y descontrol.

Sintió un nudo amargo y doloroso en la garganta; la sensación de asfixia en el pecho la invadió con unas ganas inmensas de llorar.

No había dormido casi nada la noche anterior y, tras haberse enfrentado a semejante escena por la tarde, en cuanto su sistema nervioso bajó la guardia, todo el desgaste acumulado le cayó encima de golpe.

En cuestión de minutos, se quedó completamente dormida.

Benjamín se quedó callado, escuchando el acompasado ritmo de su respiración. Con una mirada oscura y profunda, bañada en una ternura abrumadora, se dedicó a contemplarla como si fuera lo más precioso de este mundo.

Al poco rato, abrió el cajón del buró y sacó una cajita de terciopelo rojo muy detallada. Al destaparla, extrajo el anillo de su interior, tomó la mano de Josefina y se lo deslizó por el dedo anular.

Tomó la pantalla, revisó el remitente y notó que se trataba de Manuel.

—Bueno, señor Fuentes —contestó Josefina, cediendo a la pura costumbre.

Manuel dejó escapar una pequeña carcajada de impotencia y preguntó:

—¿Acaso el susto que pasaste te hizo replantear la situación y ya no quieres que seamos amigos?

Josefina se quedó procesando un segundo y de inmediato negó:

—No, no... la verdad no fue por eso. Es solo que ya me acostumbré tanto a decirle así que me va a costar un rato cambiar de rutina.

—Bueno, tampoco te quiero presionar. ¿Tú cómo te sientes? ¿Todavía estás asustada? —indagó Manuel, con una genuina preocupación mezclada con culpabilidad.

Josefina lo calmó.

—Yo estoy perfectamente bien. Oye, pero... ¿quién era ese loco? ¿Por qué intentó lastimarte?

Manuel respiró hondo y se lo resumió:

—Unos enemigos que me gané en el extranjero. Como son unos cobardes y de frente no pueden hacerme nada, andan recurriendo a ese tipo de estupideces por debajo de la mesa. En verdad te pido una disculpa, casi haces que salgas perjudicada. Te doy mi palabra de que no vas a volver a pasar por algo así en mi presencia.

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