Josefina abrió la puerta sin inmutarse, mirándolos con suma desconfianza.
Había visto todo lo que ocurrió en el pasillo.
Sentía rabia, pero también mucha impotencia.
Al fin y al cabo, al ser la hija de los León, por más que llamara a la policía, de poco iba a servir.
El policía le dijo:
—Señorita, su papá vino a verla. No había necesidad de llamar a emergencias.
Josefina apretó los labios, lo meditó un segundo y respondió:
—Vino con tanta gente que pensé que quería golpearme.
—¡Pero qué tonterías dices! Es para cuidarte, porque me preocupas. Jose, ya deja de hacer berrinches y déjame pasar. Hace mucho que no sé de ti y estaba angustiado. —Andrés resultó ser un actor de primera en ese momento.
Josefina miró al oficial.
—No quiero que entre.
—¡Jose! —La expresión de Andrés se volvió sombría.
Al ser un asunto familiar, la policía de verdad no podía involucrarse.
Así que optaron por retirarse.
Josefina intentó cerrar, pero un guardaespaldas metió la mano en la puerta con gran rapidez, bloqueando el paso.
Ella palideció y, con los ojos llenos de alerta, gritó:
—¡Se puede saber qué quieres!
Andrés la miró con furia.
—¿Creíste que, tras lastimar a otros, bastaba con pasar un día detenida y ya? ¡Josefina, aún no le has pedido perdón a Magdalena!
Josefina apretó los dientes. ¡Lo sabía!
Si sus padres la buscaban, ¡sin duda era por culpa de Magdalena!
Una fatiga infinita la inundó.
Contestó con frialdad:
—Mejor hagámonos una prueba de ADN.
—¡Todavía te atreves a decir insolencias! —Andrés, enfurecido, le tendió la mano a un guardaespaldas—. ¡Dame el fuete!
Venía preparado.
Alzó el brazo y dejó caer otro golpe sobre la espalda de Josefina.
La sangre no tardó en traspasar la blusa blanca que llevaba puesta.
Su frágil cuerpo no dejaba de temblar; aunque los guardaespaldas la soltaran, ya no tenía fuerzas para escapar.
Dolía.
Dolía muchísimo.
Sentía la espalda en carne viva y un zumbido ensordecedor en los oídos.
Josefina se mordió los labios para no soltar otro quejido.
Después de todo, su padre biológico no sentía ni la más mínima compasión por ella.
Tal como había ocurrido innumerables veces, desde que Magdalena llegó a la familia León, ella había dejado de ser la adoración de la casa.
Tras tres latigazos, hasta la mano de Andrés temblaba. Observó el pálido rostro de Josefina.
—Ahora vas a ir al hospital a pedirle perdón a Magdalena, le dirás que no volverás a meterte con ella, y daremos este asunto por terminado.
Los guardaespaldas la soltaron, y ella se desplomó contra el suelo, convulsionándose por el dolor en todo el cuerpo.

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