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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 196

No dijo ni una sola palabra, solo se escuchaba su respiración entrecortada y acelerada.

Andrés arrojó el fuete a un lado y ordenó con rudeza:

—Llévensela al hospital.

Los guardias se acercaron, levantaron a Josefina a tirones y la sacaron a rastras.

Josefina ni siquiera tenía fuerzas para forcejear; al menor movimiento, la espalda le ardía.

Para cuando la subieron al coche, la cabeza ya le daba vueltas.

Mientras tanto, los guardaespaldas que la seguían en secreto presenciaron la escena con los ojos muy abiertos e, inmediatamente, llamaron a Benjamín para avisarle.

***

En el hospital, el olor a antiséptico era sofocante.

Al abrir la puerta de la habitación, Andrés encontró a Magdalena recostada en la cama, con Jimena sentada a un lado, pelando una manzana.

—Papá, ¿qué haces aquí tan tarde? —preguntó Magdalena, bastante sorprendida al verlo.

—Traje a Jose para que te pida una disculpa —contestó Andrés en tono serio.

Magdalena se quedó pasmada y rápidamente contestó:

—No, no hace falta. Sé que Josefina no lo hizo a propósito, no pasa nada...

Pero antes de terminar la frase, vio cómo los guardias metían arrastrando a Josefina.

Se asustó y amagó con levantarse:

—Jose...

—¡Santo cielo! —exclamó Jimena horrorizada, soltando la manzana al piso—. ¿Qué pasó aquí?

Corrió para sostener a Josefina y la revisó con desesperación.

Fue entonces cuando notó las heridas en la espalda de Josefina. Levantó la vista hacia Andrés, con la voz temblorosa:

—¿Tú... le pegaste a Jose?

Andrés se sentó en una silla, con expresión endurecida.

—Es una rebelde. Tenía que darle una lección.

Jimena se veía devastada.

—De verdad no tiene que disculparse, yo estoy bien. Papá, no debiste pegarle a Josefina, se nota que sufre.

—¡Josefina, escúchala! Magdalena no hace más que preocuparse por ti, ¿y tú qué haces? —Al ver el contraste entre las dos, Andrés sentía aún más compasión por Magdalena.

Josefina lo ignoró olímpicamente. Avanzaba a paso lento hacia la cama; el dolor en la espalda era tan intenso que tenía que detenerse a tomar aire cada dos por tres.

Por fin, llegó junto a la cama.

—¿Así que quieres que te pida perdón? —escupió con los labios descoloridos, y luego dejó escapar una carcajada seca.

¡De repente agarró el cuchillo de la fruta y se abalanzó directo al pecho de Magdalena!

—¡Dios mío!

¡Un grito agudo invadió la habitación!

Magdalena abrió los ojos a tope, aparentando no creerlo, pero en un parpadeo, un brillo maniático cruzó su mirada. Ni siquiera hizo el intento de esquivarlo.

Justo cuando el cuchillo iba a enterrarse, una mano envolvió la muñeca de Josefina en el aire.

Un agarre cálido y firme inmovilizó su brazo. Su mano tembló por un instante, soltando el arma al piso.

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