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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 198

—Magdalena es la viuda de mi hermano; por respeto a su memoria me preocupo por ella. Pero Jose es mi mujer, y no voy a dejar que absolutamente nadie la lastime. —Benjamín lo fulminó con aquella presencia arrolladora y no volvió a dedicarle ni una sola mirada a Andrés.

Volvió a centrarse en Josefina.

Ya casi habían terminado de tratarle las heridas.

Estaba desinfectada, ungida, y solo faltaba la inyección antiinflamatoria.

Cuando metieron la camilla a un cuarto privado, Benjamín fue claro con sus escoltas:

—Nadie, excepto yo, tiene permiso para entrar a esta habitación.

—Entendido, patrón —respondieron los hombres.

Andrés se topó con pared y tuvo que quedarse en el pasillo.

Tenía el semblante muy descompuesto y la insolencia de Benjamín le estaba retorciendo las entrañas.

¡Carajo, era el suegro!

¿Cómo podía faltarle al respeto de esa manera?

Gruñó enfadado y se dio la vuelta para marcharse.

¿Qué, a poco Benjamín en serio le iba a hacer algo? En su cabeza, eso era mera palabrería inofensiva.

***

A altas horas de la madrugada, un silencio sepulcral reinaba en la habitación.

Josefina despertó víctima del sufrimiento; una serie de punzadas provenientes de la espalda le arrancaron un siseo por el ardor.

Al abrir los ojos, notó que la habían colocado de lado, traía puesto un catéter con suero y, junto a ella, estaba sentado Benjamín.

Él vio que recobraba la conciencia y preguntó en voz baja:

—¿Tienes sed?

Los ojos de Josefina carecían de brillo y su voz raspaba al salir:

—Me detuviste hoy, pero no siempre estarás ahí para frenarme. Mientras no te divorcies de mí, juro que no la voy a dejar en paz.

Benjamín frunció su varonil ceño.

—Jose, ¿crees que vale la pena martirizarte a ti misma por alguien más?

—Todo esto lo hago por mí misma.

Josefina sonó pasmosamente estoica.

—Si tengo que terminar en la cárcel para lograr que me des el divorcio, es un precio que con gusto estoy dispuesta a pagar.

A Benjamín le hirvió la sangre de coraje.

Respiraba tan espeso que parecía llevar una losa anidada en el pecho que se negaba a desaparecer.

Josefina mantenía fruncido su fino entrecejo; gracias al maltrato a sus espaldas, un pilar esencial en su corazón se había derrumbado sin remedio.

Llegó a la conclusión de que en serio le urgía solicitar una prueba genética con Andrés y Jimena.

Francamente no le cabía en la cabeza cómo preferían hacerla pedazos solo para defender a una hija adoptiva.

—Ya veremos mañana —replicó Benjamín con voz sombría.

La retuvo con su mano, manteniéndola de lado para evitar cualquier roce en su herida.

Y sentenció de paso:

—Obligaré a quien te lastimó a venir a disculparse contigo.

Josefina permanecía con los párpados caídos, así que nomás curvó la boca en mofa.

¡Pura fantasía!

A fin de complacer el berrinche de su consentida adoptiva, Andrés jamás aceptaría la más leve dosis de culpa.

Ella pidió:

—Pásame el celular.

Benjamín aprobó la moción:

—Ahorita encargo que te lo traigan.

Pero, extrañado, le preguntó:

—¿Qué piensas hacer?

Josefina no se molestó en responderle.

El mutismo se volvió a encriptar en aquellas cuatro paredes, perdurando impasible hasta que dos golpes débiles a la puerta llamaron a la alerta.

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