Josefina sintió de nuevo aquella asfixia, como si le estuvieran apretando el cuello.
Se llevó la mano a la garganta, sintiéndose mareada por un instante.
Observó al hombre frío e impositivo frente a ella y sintió una tristeza infinita.
No le quedaban fuerzas para rebelarse.
Solo le quedó caminar tras él, con la cabeza gacha.
Todo lo que había luchado antes no parecía más que patadas de ahogado.
Era ridículo.
Mantenía la mirada baja, con las pestañas temblándole de vez en cuando.
Al subir al elevador, se arrinconó en una esquina. Parecía como si hubiera caminado bajo un aguacero; una neblina densa y lúgubre la cubría por completo.
Verla en ese estado hizo que a Benjamín se le frunciera el ceño, y el ambiente a su alrededor se volvió aún más denso.
Las puertas se abrieron. Él salió primero, seguido por una apática Josefina.
Ella desbloqueó la puerta con su huella, y justo en ese momento empezó a sonar el teléfono de Benjamín.
Sacó su celular y contestó.
—¿Bueno?
Por la cercanía, Josefina alcanzó a escuchar lo que parecía ser la voz ansiosa de Teresa.
—Voy para allá —asintió Benjamín, y cortó la llamada.
Levantó la vista hacia su mujer.
Al darse cuenta de que él se iba, la nube gris que la cubría pareció despejarse un poco, dejando asomar algo de alivio.
Era obvio que no soportaba la idea de compartir el mismo espacio que él.
Benjamín apretó el celular en la mano y dijo fríamente: —Le diré al hotel que te manden algo de cenar. No pidas por aplicación.
—Está bien.
Josefina aceptó.
Benjamín se dio la vuelta para presionar el botón del elevador, pero su mirada volvió a recaer en ella. —Jose, ¿de verdad no tienes nada que decirme?
La única respuesta que recibió fue un portazo.
El semblante de Benjamín se ensombreció, pero las puertas del elevador se abrieron en ese momento. Apartó la vista y entró a la cabina.


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