Teresa lo miró con expresión indescifrable y preguntó: —¿Ya dejaste de atacar al Grupo León?
Benjamín levantó la mirada hacia ella. —¿A qué se refiere?
—Y de qué sirve que te lo diga si no me vas a hacer caso —le reprochó Teresa—. El Grupo León es la familia de tu esposa, a fin de cuentas. Si los atacas de esa manera, ¿con qué cara va a ver ella a sus padres después?
—Andrés le levantó la mano —replicó Benjamín tajante.
A Teresa se le cortó el aire por un segundo, pero de inmediato protestó: —¡Esos son problemas entre padre e hija! No tienes por qué hacer tanto alboroto.
—Mamá, eso ya pasó. No tiene caso que lo discutamos ahora. —El tono de Benjamín era apagado.
Sin embargo, Teresa captó la advertencia; se le estaba acabando la paciencia.
Prefirió quedarse callada y no decir nada más.
Con la compañía de su tío, Alberto se tranquilizó y terminó durmiéndose entre sus brazos.
Benjamín lo acomodó en la camilla y salió de la habitación.
De ahí, manejó directo al hospital donde estaba internada Magdalena.
El guardaespaldas que custodiaba la puerta lo saludó con respeto: —Señor Gutiérrez.
—Buenas noches.
Benjamín le dio una respuesta escueta y empujó la puerta para entrar.
Magdalena se llevó una gran sorpresa al verlo llegar. —¿Benjamín? Qué milagro a estas horas. ¿Pasó algo?
—A partir de mañana regresas a recuperarte a la mansión —dijo él, yendo al grano.
Los ojos de la mujer destellaron un segundo antes de contestar. —Preferiría no ir. Con mi situación actual, va a ser un poco incómodo.
—¿Incómodo por qué? Eres la mamá de Alberto, nadie te va a decir nada. —Benjamín mantuvo un semblante inquebrantable—. A menos que tengas cola que te pisen y escondas algo.
—¡Claro que no! —Magdalena forzó una sonrisa—. Lo que tú digas, está bien.
Benjamín asintió y agregó: —Puse a alguien a cargo de tu empresa para que la opere por ti. En cuanto te recuperes por completo, podrás ir a trabajar y aprender a administrarla.


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