Manuel se acomodó los lentes con un dedo y, con un tono muy tranquilo, preguntó:
—Si les negamos el paso y los dejamos ahí esperando en recepción, ¿no estaríamos siendo algo descorteses?
—Mira —le aclaró Silvia—, si dejas entrar a ese hombre por aquella puerta, la pasaremos realmente mal.
Una enorme sonrisa adornó la cara del director, que pareció disfrutar del sincero atrevimiento de aquella chica. No tardó en dar un punto neutro de la situación:
—Pese al ínfimo grado de cercanía que poseo con el señor Gutiérrez, me quedó muy grabado lo temperamental de sus actos... Pareciera ser el tipo de persona que no se rinde ante nada si no sale a su manera.
Por un breve instante lanzó una mirada muy afilada sobre la silueta de Josefina. A ella no le quedó más opción que fruncir el ceño como muestra de inconformidad. Así es como actuaba Benjamín. Tenía claro el hecho de que si no le permitía subir hoy, a él no le costaría más de diez minutos ingeniárselas para abrir las puertas.
—Qué pesadilla... —lamentó exhalando al aire sus inquietudes.
—Empecemos a comer —propuso Josefina con una aparente indiferencia ante la inminente tormenta—. Ya veremos cómo lidiar con el problema cuando lo tengamos encima.
Manuel no osó continuar con la conversación previa. Era notoria su capacidad por deslindarse de asuntos que no le correspondían, manteniendo una firme raya personal para ahorrarse contratiempos. Sentados junto al exquisito estofado al centro de la mesa, devoraron la inmensa carne en un acto sublime de satisfacción en cada bocado. Una vez que empinaron las botellas de cerveza, la temperatura cálida en sus cuerpos comenzó a relajarlos. Tristemente, aquella calma fue perturbada con suma rapidez por un sonido de pronto.
Y el estruendo se escuchaba provenir ni más ni menos que de la puerta del apartamento.
—¡Policía! ¡Abran la puerta!
La desgarradora alerta a viva voz los sacudió de un salto en seco. Las alarmas mentales se pusieron a funcionar de inmediato de todos y cada uno de los acompañantes; se quedaron perplejos y espantados sobre los sillones. En un instante a Silvia se le volaron los colores de la cara de la impresión.
—¿La policía? ¿Por qué habría de venir la policía?
Hasta a Josefina la situación sobrepasó y, con el rostro en blanco, avanzó para quitar los seguros y conceder el espacio. Parados con mucha formalidad y cara fiera, se divisaban dos oficiales en la entrada del pasillo.
—Hemos recibido un reporte ciudadano sobre juegos de apuestas ilegales en esta ubicación, necesitamos hacer una inspección —explicaron mostrando sus identificaciones oficiales y tomando paso inquebrantable hacia el interior de la propiedad.
Ante tamaño motivo el estrés de Josefina empeoró:
—Están equivocados. Aquí nadie está apostando.
Avanzaron de manera fugaz para recorrer de reojo el apartamento, sin llegar a escarbar con exactitud; de primer plano se atisbaron tan solo a un pequeño puñado de cabelleras sumergiendo sus cubiertos frente a un espeso recipiente repleto de comida. No había cabida a un acto prohibido por las normas, ni siquiera una triste mesa de cartas en la zona. Compartieron miradas confundidas entre los oficiales.
—¡Disculpen, mil disculpas!



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