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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 230

—Josefina y yo somos amigos. Hoy celebra que se muda de casa; por supuesto que al enterarme quise venir a felicitarla —explicó Manuel con un tono suave.

No mostraba ni la más mínima señal de sentirse intimidado ante el aura hostil del hombre frente a él. Con una mirada al estofado que quedaba sobre la mesa, lanzó su jugada con fingida lástima:

—Qué lástima que el señor Gutiérrez llegó a destiempo; lo que había era la porción exacta para tres y justo estamos por terminar.

Josefina se quedó perpleja. «Qué íntimos que suenan», pensó.

Esa provocación tensó aún más el apuesto rostro de Benjamín. Aunque intentó mantener un semblante indiferente, su mirada se volvió tan sombría que una pesada e intimidante tensión inundó la habitación, helando la sangre de los presentes.

—Dado que ya terminaron, entonces pueden retirarse. El resto de la noche será tiempo a solas con mi esposa —ordenó Benjamín con un tono casual y de absoluta frialdad.

Josefina tomó varias bocanadas de aire profundas para recuperar la calma antes de intervenir:

—La comida no se ha acabado. Aún me queda apetito.

Se sentó en su silla y agarró de nuevo el tenedor para pinchar más trozos. Acto seguido volteó hacia su invitado.

—Señor Fuentes, ¿gusta servirse otro poco?

Manuel esbozó una cínica media sonrisa y clavó sus ojos en Benjamín antes de acceder:

—Por supuesto.

Esa sola mirada estaba cargada de pura provocación. A Benjamín, la frialdad que albergaba se le congeló de un golpe más denso. Dirigió su lúgubre atención directo a Josefina. A los extraños sí sabía tratarlos con amabilidad.

Le había advertido incontables veces que pusiera distancia entre ella y ese tipo llamado Manuel, pero a la mujer le valía absolutamente todo lo que él dijera. El fuego estalló en su pecho, envolviéndolo en un torbellino de irritación incontrolable. Silvia regresó también sin hacer ruido; miró a Benjamín y abrió la boca con todas las ganas de soltar una grosería para repelerlo, pero un repentino instinto de supervivencia le cerró la garganta.

«Mejor así», meditó. Ganarse un pleito en balde y ponerse bajo la mira del infierno mismo no era buena idea. Era mejor cuidar de su propia vida. El estofado seguía hirviendo sobre la mesa, pero el ambiente cálido y relajado de antes había desaparecido por completo. A todos les pesaba un denso silencio que hacía que hasta la carne perdiera su buen sabor.

Sin apartar la mirada de su esposa, Benjamín la tomó de la muñeca de pronto; guio su mano con firmeza e hizo que le diera de comer a él directo del tenedor. Inmediatamente la engulló con absoluta normalidad. Josefina frunció el ceño. ¡Tenía unas inmensas ganas de clavarle el tenedor directo en el cráneo!

—Nada mal —comentó él en tono casual—. Quiero un poco más, sigue sirviéndome.

—El señor Fuentes es amigo mío —intervino Josefina—. No tienes ningún derecho a correrlo.

Benjamín alzó levemente una ceja.

—¿Entonces pretendes que pase la noche aquí?

Josefina percibió al instante el peligro inminente, pero justo cuando iba a replicar, Manuel se adelantó:

—Pasar la noche no suena tan mal, claro, siempre y cuando a Josefina no le moleste.

¡Esa declaración fue la gota que derramó el vaso en la mente de Josefina! «¡¿Qué necesidad tenía de echarle más leña al fuego?!». ¡Si Benjamín enloquecía, no tendría compasión; arrastraría a todos los presentes al mismo infierno por igual! Obligándose a forzar una sonrisa, le pidió al joven:

—Señor Fuentes, creo que no es muy buen momento. Sería mejor que te marcharas.

Manuel le devolvió una mirada de resignación. A esas alturas de la tensión, era consciente de que su presencia sobraba. Sus últimas palabras habían sido solo un arrebato inmaduro para provocar a su oponente. Hasta él mismo se quedó atónito tras soltar el comentario.

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