Cuando por fin les trajeron la comida, todos los platillos resultaron ser los preferidos de la abuela.
Pero Josefina no logró relajarse ni un segundo durante toda la cena; sentía que tenía el corazón en un hilo.
A cada rato le echaba miradas de reojo a Benjamín, a la expectativa de cualquier cosa que fuera a decir; si soltaba algo indebido, ella lo interrumpiría al instante.
Para su sorpresa, él nunca sacó esos temas a relucir, limitándose únicamente a platicar con la señora sobre puras trivialidades.
Después de cenar, los tres regresaron a la Residencial Valle Niebla. Las empleadas de limpieza ya tenían el cuarto de visitas listo para que la anciana pasara ahí la noche.
Josefina anunció de inmediato: —Esta noche yo duermo contigo, abuelita.
—Ándale pues —aceptó su abuela con una sonrisa y asintió.
Josefina fue al cuarto de arriba para ir por su pijama. Pero cuando ya iba a salir, Benjamín bloqueó la puerta.
Ella lo miró con evidente desconfianza. —¿Qué demonios haces?
Benjamín cruzó los brazos sobre el pecho. Sus profundos ojos oscuros destilaban un brillo misterioso y su voz sonaba grave. —En toda la cena no paraste de mirarme ni un segundo.
Josefina contestó a la defensiva: —¿Y qué tiene?
Benjamín le fijó la vista en los labios. —Me mirabas de una forma que... se me resecó la boca. Tengo ganas de besarte.
Josefina no supo qué responder ante tremendo descaro.
¡Ese tipo de verdad estaba mal de la cabeza!
La cara se le congeló de puro coraje. —Ya te puse la demanda de divorcio, Benjamín. Si andas muy necesitado de compañía, tienes a Magdalena a tu disposición, o puedes irte a buscar a las demás mujeres que quieras. Te aseguro que por mí no hay problema.
En el acto, a Benjamín se le endurecieron las facciones.
¡Ella volvía a echarlo en los brazos de otras!
Le advirtió con voz helada: —Josefina, no quiero volver a escucharte decir esas cosas.
Su actitud se volvió sombría, y la miró de una forma mucho más dura.
Josefina tenía en la punta de la lengua una respuesta hiriente, pero a fin de cuentas le tenía algo de miedo, así que se la tragó y dijo: —Ya es muy tarde y tengo que ir con mi abuela.
Benjamín, lejos de quitarse, la retó: —La abuela seguramente piensa que si te estás tardando tanto, es porque nos andamos besuqueando.
El comentario de Benjamín dejó a Josefina sin palabras.
—Abuelita, qué a gusto es abrazarte.
Se acurrucó contra ella y dejó escapar un suspiro.
Viendo lo mimada que estaba, la abuela no paraba de sonreír. —¿Y eso por qué, eh?
—Pues no sé, la verdad. —Josefina lo pensó un momento—. Siento mucha tranquilidad cuando estoy aquí, en tus brazos.
La señora le dio unas palmaditas en la cabeza. —Pues quédate ahí abrazadita, mi amor.
En ese momento, la abuela cambió el tono y le preguntó en serio: —Mi niña, ¿qué pasó entre tú y Benjamín? ¿Andan peleados?
A Josefina casi se le va el aire. ¡Jamás imaginó que su abuela fuera a captar las cosas tan rápido!
Levantó la mirada hacia ella. —¿Te diste cuenta?
—Por supuesto —asintió la anciana—. Antes ustedes no eran así; siempre andaban de encimosos, y tú no le quitabas los ojos de encima, te brillaban al verlo. Pero hoy noté perfectamente que lo ves con mucha frialdad. Mi niña, dime la verdad, ¿acaso ese hombre te hizo algo malo?
A sus años, la señora ya tenía mucha experiencia de vida, por lo que le resultaba sumamente fácil distinguir entre los verdaderos sentimientos y las farsas.
Con esas cuantas palabras, a Josefina se le formó de nuevo un nudo enorme en la garganta. Sin decir nada más, volvió a agachar la cabeza y pegó su mejilla al pecho de su abuela.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...