Antes de cumplir los diez años, su hija era muy apegada y cariñosa con ella.
Pero con el tiempo, esa cercanía se fue desvaneciendo.
A medida que crecía, llegó a pensar que era solo la rebeldía de la adolescencia y no le dio mucha importancia.
Sin embargo, conforme Jimena se fue haciendo mayor, la distancia se volvió cada vez más evidente, al punto de mudarse y casarse en otra ciudad. Fue entonces cuando lo comprendió todo.
Simplemente, su hija no quería tener relación con ella.
En todos los años que llevaba casada, rara vez le llamaba y mucho menos iba a visitarla.
Por eso, cuando Jimena tomó la iniciativa de contactarla esta vez, la anciana se había alegrado muchísimo, recordando aquellos momentos de cuando era niña.
Pero al poner un pie en aquella casa y notar esa barrera invisible de frialdad en Jimena, todo su entusiasmo se fue a pique.
Si Jimena la había contactado de la nada, seguro era porque necesitaba algo.
Por esa razón, la abuela ya no tenía ánimos de quedarse allí, ni ganas de verla actuar como la hija abnegada.
—Mamá, ¿cómo puedes decirme eso? —Jimena frunció el ceño—. Te lo digo de verdad.
La sonrisa de la anciana se desvaneció un poco mientras respondía:
—Está bien, entonces me quedo a comer.
Jimena sintió algo de incomodidad, pero al menos respiró aliviada; lo importante era que no se fuera.
De inmediato preguntó:
—Mamá, ¿qué se te antoja? Para decirle a los de la cocina que lo preparen.
Apenas terminó de hablar, notó la mirada extrañada que le estaba lanzando Josefina.
Jimena cayó en cuenta al instante. Era el colmo que, siendo su hija, no supiera qué le gustaba comer a su propia madre y todavía tuviera el descaro de preguntarlo. Se vio bastante mal.
En ese momento intervino la anciana:
—Lo que sea está bien, no soy delicada con la comida.
Jimena soltó un ligero suspiro de alivio, y esa sensación de rareza en el pecho disminuyó un poco.
Al observar toda esta escena, a Josefina la situación le pareció cada vez más absurda.
El trato entre su abuela y Jimena era increíblemente tenso.
No se comparaba en nada a la naturalidad con la que ella misma se relacionaba con su abuela.
¿Por qué serían así las cosas?

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