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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 256

Josefina se quedó sin palabras.

Su abuela pensaba demasiado a futuro.

Ella y Benjamín ni siquiera se habían divorciado todavía.

En cuanto a enamorarse de nuevo, no tenía cabeza para eso.

Una relación ya la había dejado agotada mental y físicamente, ¿de dónde sacaría energías para empezar otra?

Al llegar a casa, acompañó a su abuela a ver un rato la televisión, luego se arregló y se fue a dormir.

A medianoche, su celular empezó a sonar de repente.

Estaba medio dormida, así que contestó sin fijarse en el nombre.

—¿Bueno?

—Jose.

De la bocina salió una voz ronca y profunda, pronunciando su nombre con una mezcla de melancolía y anhelo.

Josefina frunció el ceño.

—Estás loco.

Luego colgó.

Pero poco después, la llamaron de nuevo.

El ruido ya no la dejaba dormir, así que decidió apagar el celular por completo.

***

Club Monte Claro.

La luz en el área privada era tenue, con botellas de alcohol esparcidas por la mesa. Cristóbal miraba con nerviosismo a Benjamín, quien sostenía el celular con la mirada perdida.

Tragó saliva y le dijo:

—Benjamín, ya es tarde, ¿qué tal si... nos vamos a casa?

Benjamín no dejaba de mirar el celular. Al escuchar el tono de que el equipo estaba apagado, cerró los ojos.

Pasó saliva con pesadez. Bajo la escasa iluminación, su rostro parecía cubierto por una sombra de profunda tristeza.

¿A casa?

Él ya no tenía a dónde volver.

Dejó el celular a un lado, agarró la botella y se sirvió más alcohol.

Cristóbal, temiendo que le pasara algo malo por beber de esa manera, intentó persuadirlo:

—Benjamín, ya tomaste bastante, mejor vámonos.

—Dime algo... —Benjamín lo miró y preguntó con lentitud—: Si termino como Emiliano, con el estómago perforado por tanto tomar, ¿crees que ella vendría a verme?

Cristóbal se quedó mudo ante tal comentario.

Era muy poco probable.

Para ser honestos.

Josefina casi que deseaba su muerte...

—Buenas noches, ¿hablo con Josefina?

—Sí, soy yo —respondió Josefina con bastante nerviosismo—. ¿En qué les puedo ayudar?

—Tenemos a su esposo en nuestras instalaciones —le informaron—. Dice que no sabe cómo llegar a su casa, ¿podría venir a recogerlo?

Josefina no supo qué decir.

Por dentro, soltó toda clase de groserías.

Cerró los ojos con fuerza y respondió:

—No puedo, estoy fuera del país.

Acto seguido, colgó.

¡Estaba loco!

¡Ese cabrón de verdad había perdido la cabeza!

¡Qué sinvergüenza!

¡Cómo se atrevía a ir a meterse a la comandancia de policía!

Josefina se jaló la cobija hasta cubrirse la cabeza, sintiendo que le hervía la sangre del coraje.

En la comandancia, el comandante encargado miró al hombre sentado en la silla, cuyo apuesto rostro estaba ligeramente sonrojado por el alcohol. Carraspeó un poco antes de sugerir:

—Señor Gutiérrez, ¿gusta que mandemos una patrulla para llevarlo a su casa?

Benjamín no respondió. Solo mantuvo la mirada baja, con la cabeza ligeramente inclinada. Todo en él transmitía un aire de profundo abandono... como si fuera alguien a quien habían dejado en la calle.

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