Benjamín volteó a ver a la empleada que se encargaba exclusivamente de cuidar a su abuela y le preguntó:
—¿Dónde están sus medicinas?
La mujer se había quedado congelada por el susto, pero al escucharlo reaccionó, buscó rápidamente el medicamento y se lo dio a la anciana.
En cuestión de minutos, Helena recuperó un poco de color, aunque seguía viéndose bastante mal.
—Aunque de verdad se desmayara, no cambiaría nada —afirmó Benjamín—. Lo que digo, lo cumplo.
Volvió su atención a la empleada.
—Empaquen las cosas de mi abuela. Se va pasado mañana.
Él no podía irse todavía porque al día siguiente tenía que arreglar el papeleo para la transferencia de los bienes.
—¡Eres una bestia, un maldito animal! ¡Por qué no fuiste tú el que murió en aquel entonces! —Helena fulminó a Benjamín con un asco total—. Diego era un muchacho tan bueno, pero tuvo tan mala suerte... ¡Si él estuviera vivo, jamás me trataría de esta manera! ¡Él sí sería un buen nieto y nunca se atrevería a levantarme la voz!
Benjamín esbozó una sonrisa torcida, pero su mirada se enfrió aún más.
—Es una lástima que mi hermano mayor ya esté muerto.
—¡Qué desgracia!
Helena rompió a llorar. Detestaba a Benjamín y detestaba a Josefina. Los señaló con el dedo y empezó a maldecirlos.
Benjamín, ignorándola, se acercó a Josefina y le tomó la mano.
—Vámonos.
Josefina, que había observado toda la escena como si estuviera viendo una telenovela, retiró la mano con brusquedad y dijo con sarcasmo:
—Tu abuela está a punto de morirse del coraje por tu culpa, ¿y todavía pretendes que me vaya contigo?
Benjamín la miró fijamente.
—Así es, a partir de ahora cargaré con la peor de las famas —dijo—. Jose, no puedes abandonarme.
—¡Ja! —Josefina soltó una carcajada fría—. ¿Y a mí qué me importan tus problemas? Si vamos al caso, a mí me tendieron esa trampa por tu culpa. ¿De verdad crees que voy a perdonarte nomás porque hiciste todo este teatrito?
La expresión sombría de Benjamín se acentuó. Le preguntó:
—¿Qué más quieres?
—El divorcio —exigió Josefina.
—Imposible.
La voz de Benjamín sonó igual de firme.
—Jose, no voy a aceptarlo. Ni en esta vida, ni en la que sigue.
A Josefina se le borró la sonrisa de la cara. Se dio media vuelta y empezó a caminar sin mirar atrás.


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